martes, 25 de junio de 2019



Una buena opción para compañar estas primeras horas de una tarde que se presenta un poco agobiante, digna predecesora de lo que nos anuncian para mañana, porque mañana, si se cumple la predicción, esto será África. Ni más ni menos.
Pero ahora toca dejar volar el espíritu y recrearse con esta imperecedera canción de amor vasca. Mi café, fiel amigo (aunque en estos días un algo desorientado en mi boca) es el acompañante ideal para momentos de relajamiento. Si echo la vista atrás, creo que una vez 'desbiberonada' no he tenido mejor amigo que el café. A veces pienso que, por eso mismo, mi único amigo. Pero, en fin, es ésta otra materia que no conviene remover. En su honor, y permitiéndome una pequeña licencia de orden vocativo, le canto:

Akaita ! Eguzki eder, eguardi beteko argia ! Neke-miñen artean, nere zorion-iturria !





lunes, 24 de junio de 2019

Me ha ocurrido esta tarde, sobre las dos, asomada al Urumea mientra atrapaba la imagen de unas gaviotas profundamente dormidas en las rocas tapizadas de algas que la bajamar había dejado al descubierto. He pensado en lo que la naturaleza hace con nosotros, cómo nos maltrata, cómo nos duele, y también de lo poco que le sirve su maldad.
Hay unos versos de José María Álvarez que ilustran nuestra resistencia:


Camino por el mundo,
siento el frío de la Luna,
y aún hay en mis ojos curiosidad.








domingo, 23 de junio de 2019




Día caliente, día nublado, día tontorrón. La pereza me ha tomado por asalto y no he sido capaz de abrir un libro, empezarme una mantelería o unas oposiciones para algo estatal. Mano sobre mano toda la mañana, he deambulado pasillo adelante, pasillo atrás, y vuelta a volver sobre mis pasos por mi piso. Ahora. Aquí. Tecleo en voz baja y pienso a golpecitos secos e intermitentes. Qué calor, qué cielos más agobiantes, ni ganas de tomar café, no es el momento de tomar café, ni se me ocurriría profanar el sagrado ritual en una atmósfera tan viscosa y opresiva. Si lloviera... ¿Y si cantara? Si canto, seguro que llueve y todo se limpia y se refresca.
Pero no, me callo, prefiero callar y escuchar a Larzábal. Enseguida lo haré con Munguía. Ambos con el mismo Iparraguire en la boca, pero en dos versiones distintas. La una adulterada en razón de intereses políticos. La otra fiel a la letra que el espíritu del bardo genial dictó. Porque Iparraguire sería -que vaya si lo fue- un golfo promiscuo, sin embargo en lo que respecta a todo lo demás era un tío de una pieza.
Me decido a canturrear...
"Ahí están los montes queridos, ahí están los prados, los preciosos caseríos de color blanco, las fuentes y los ríos. Estoy en Hendaya extasiado, con los ojos bien abiertos...(y aquí es donde dice "Ahí está España", ¡tierra mejor no la tiene Europa entera!")
Pues sigue son llover.






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Fuente del Cancionero Vasco: http://patximendiburu.blogspot.com/2009/01/en-el-caso-del-guipuzcoano-iparraguirre.html


viernes, 21 de junio de 2019



Esta mañana, a eso de las doce, y aprovechando que se abrían grandes claros por mis cielos renterianos, me he dado un garbeo por Fandería. Qué maravilla. Todo estaba impregnado de las gotas de lluvia que tan torrencialmente han estado cayendo desde el amanecer. Verde que te quiero verde, todo era de un verdor deslumbrante, el olor a tierra mojada, a árboles empapados, a río purificado me regeneraban los pulmones y, naturalmente, el cerebro. Colores y olores van directamente ahí, al cerebro, para encender recuerdos y emociones, para recuperar sentimientos. Para devolvernos a esas regiones lejanas de nuestro pasado -aquel corazón- que Federico llamó 'tristeza remota'. 






Me ha costado volver, pero era necesario. Esta tarde tengo que ir en busca del Arca que se me ha perdido estas dos últimas semanas. Sé donde está. En dos patadas de autobús me encontraré con ella.








jueves, 20 de junio de 2019





No sé si se aprecia, es diminuta su forma, sobre todo al pie de un árbol tan alto, pero está ahí, el pajarito, tan quieto, poco menos que hipnotizado por esa figura extraña, estirada hacia arriba, con una cosa entre las alas (seguro que él cree que mis manos son alas) que, de pronto, suelta una luz blanca y cegadora.


Mi paseo ha sido como de una hora, no hacía demasiado calor pero me estorbaba la chaqueta que -pero qué absurdo que la llevase- he sacado del armario en el último momento. En el bidegorri que se inicia en el puente del Zubía, me he fijado en el río. Bajaba lento, callado y muy sucio, era marrón, pero marrón del todo en amplios tramos, y he sentido tristeza porque el Oyarzun, salvo en días de tormenta, ya tiene a esa altura un color de hondo azul.


Mucha nubes toda la mañana. No sólo en el cielo. No, no sólo en el cielo, y te preguntas por qué.



miércoles, 19 de junio de 2019

Una voz, una fuerza de la naturaleza




¿A que todas amanecemos así, pintadas como puertas y cantando? Y ahora en serio, Amy fue algo inmenso, descomunal desde sus mismos comienzos. Lástima que no fuera capaz de soportar -como no lo fue de predecir- su éxito arrollador. Lo dijo muy clarito: "No creo que vaya a ser famosa. No creo, tampoco, poder soportarlo" (*)
Ayer me equivoqué. Sí que ha cambiado el tiempo, en estos momentos la nubosidad es total, si bien las temperaturas, que han bajado un poquito, se mantienen en sus líneas veraniegas. Es posible que esta tarde la cosa se ponga algo peor. Lo que no ha cambiado, tengo que decirlo, 'c'est ce qui a avoir avec ce con de Valls'. O sí, o lo supo desde el principio, no en vano hace lo que manda ese otro imbécil del Macron, un napoleoncito que no sabe la que se le viene encima en su propio país.

martes, 18 de junio de 2019

"Pero, ¿qué era ese rock and roll del que repentinamente hablaba todo el mundo?" (Cómo nació el rock and roll I. JOT DOWN)



Primer disco de un jovencísimo Elvis: rhythm & blues de un artista negro y la canción country de un artista blanco. O sea. ¿Cómo decirlo? Pongamos que a partir de ahí ya todo cambió. Nacía el rock a todo trapo y, de paso, toda esa gente que nos cambió el mundo.
Hace bochorno, la calle está tan insoportable como algunas parcelas de mi anatomía. Dicen que mañana cambia otra vez pero no me lo creo, tendría que ser un cambio tan radical como que Mr. Valls se cayera del guindo con la Colau. En todo caso se verá.










viernes, 14 de junio de 2019




Días raritos, como varados entre la añoranza (sentimiento) y la nostalgia (patología). Días raritos, sí, mucho, que sobrellevo con cierta alegría. Qué remedio.
Hoy también han salido frescos, en este momento andarán los termómetros fluctuando entre los 10 y los 15º, la barandilla de mi balcón está helada, no exagero, helada como un helado de chocolate (es su [de la barandilla] color) y no se ven pájaros, por mi calle ni siquiera los de dos patas, jolines, ganitas tengo de que el verano se concrete, pacte al fin y se avenga a gobernarnos. Ya está bien de no es no y gilipuerteces de la guisa. Sólo nos faltaba que el verano se volviera bisagra.
Entretanto: café y que me canten los de ayer, que fueron los mejores porque fueron los primeros, los que abrieron todos los caminos y después y hasta ahora mismo siguen dando de comer y beber a "los modernos".








jueves, 13 de junio de 2019




Esta mañana he escuchado por la radio a una joven centenaria de 107 años, voz clara y todavía potente, cabeza y corazón mucho más aun:
"Y yo qué sé por qué he llegado a esta edad; estoy aquí y sigo recogiendo ropa para los necesitados y ayudando en todo lo que puedo. Es que no paro, oigan."






miércoles, 12 de junio de 2019


 "Yo pude caer en ETA como cualquier otro joven vasco."
(Fernando Aramburu a El Confidencial)






He leído mucho, he leído tanto que siento una pereza insuperable si intento pensar en los diez últimos libros que me he fusilado con los ojos. Ahora estoy con Patria, de Fernando Aramburu, novela que he tenido en espera desde su aparición en 2016. ¿Por qué? Por algo, sin más. Un vasco lo sabe de sobra aunque no quiera o no sepa nombrarlo. Con eso vivimos todos los vascos que desde el principio, en un momento dado o al final nos supimos presos en eso que Arendt denominó la banalidad del mal.
Empecé anteayer esta monumental novela y tuve que dejarla durante unas horas. Necesité salirme a todo correr de los escenarios. En cambio ayer le di un buen meneo: de una tacada me leí unas ciento cincuenta páginas. Creí que la velocidad me evitaría la reentrada en su atmósfera. Y no.
Esta tarde iré más despacio, supongo que ya ha pasado lo peor.






martes, 11 de junio de 2019







Un tiempo revuelto, mi cuerpo también. Yo siempre voy a tono con la meteorología; soy así de sensible, estoy así de expuesta. Pero me gusta porque me prueba como ser humano, afirma mi fragilidad y dependencia. El exterior manda, siempre manda mucho, por eso si llueve me mojo como los demás por mucho que el patio de mi casa sea particular. Esta mañana, por ejemplo, no he podido librarme de una ligera ducha, y al volver a casa he corrido a por la toalla para secarme cabeza y ánimos. Pero ahora todo bien, gracias, y con un café en la mano, ya ni cuento.

1963 fue un año genial. Jóvenes... éramos tan jóvenes... No dejábamos pasar una, todo era cantable y bailable, Dios, casi me echan de casa, debí de ser insoportable, inaguantable, indeseable, todo el día dando la chapa con Los 40 Principales, no puedo más, Esteban, decía mi madre a mi padre, hasta 'los' (y no precisaba porque era un tío muy educado), le contestaba mi padre a mi madre, y así todos los días de mi adolescencia que se prologó ya muy entrada la siguiente década. En 1963 nos llegaban los éxitos en aluvión, la verdad es que fue una hazaña poder con ellos. Esta canción hizo estragos en todas las discos entre Irún y Donosti, había muchas versiones pero a la basca la que más le gustó era la de la Dusty, tenía una marcha quepaqué.
Heidegger dejó dicho que las edades de las personas articulan su camino vital. Sin duda alguna. Sin embargo hay intensidades. Las más intensas para mí, las más determinantes, las que me ha dado todo el valor que las otras me han requerido y sin duda me requerirán han sido la infancia y la adolescencia. Y es que no hay nada como aprender a jugar, a leer, a cantar y bailar, no hay nada como descubrir que se puede ser feliz de una manera experimental, sólo con vivir el tiempo en sí, sin relojes ni calendarios, latido a latido, respiración a respiración. Heidegger, en realidad, va más allá y se pone pesadito con cosas que no mencionaré, pero que le den a Heidegger, que le den porque ahora mismo, escuchando esta canción he sido capaz de verme en aquella piel tan rosa e ignorante, desentendida de la conciencia y otras aberraciones.




lunes, 10 de junio de 2019






La tomé hace unos días, estaba lloviendo despacito y en silencio, y todo era recogimiento en los jardines, no había casi nadie, apenas algún pájaro, apenas algún viejo, y yo. Estrenaba paraguas, unos de esos diminutos que caben en el bolsillo, muy cómodos, muy salvavidas también porque, si las cosas se ponen de pronto mojadas, siempre lo tenemos a mano. Claro que, como todo en la vida, tiene un precio que es su fragilidad, su mínimo aguante ante un chaparrón acompañado de viento.
Y a propósito de paraguas: hay que decir que pertenecen a larguísima y creciente lista de cosas que se prestan y nunca regresan. Creo que junto con los libros y la sal están en el ranking.








viernes, 7 de junio de 2019




Éste es el panorama que me ha acompañado a la vuelta de mi paseo. Quién lo iba a decir, que una mañana espléndida, con viento del sur y todo, va y se deja avasallar por la cola de Miguel. La cola de Miguel no es lo que pudiera parecer a los mal pensados, la cola de Miguel es el rastro que ha dejado, a todo lo largo de la costa cantábrica, la ciclogénesis explosiva que ha despeinado a Galicia estos dos últimos días. Cómo es la vida, ¿verdad?, te levantas por la mañana feliz porque al otro lado de tu cama hace luz y hace calor. Y luego, en un momento, las cosas se tuercen y ves como todo y nada puede ocurrir. De hecho ya no eres feliz, eres vaporosamente infeliz y te preguntas cuándo y en qué punto exacto se ha apagado la belleza.
Un rollo.








jueves, 6 de junio de 2019

A 75 años del principio del fin





"Este jueves 6 de junio, se cumplieron 75 años de este hecho que cambió la historia y el devenir de uno de los conflictos más cruciales de la historia contemporánea."






miércoles, 5 de junio de 2019





Dios mío, ¿qué soy yo
para que esas bocas tardías se abran a gritos
en un bosque de escarcha, en un amanecer de flores de trigal?

De Ariel, Silvia Plath




De mi visita a este palacio desierto
http://amapolasenoctubre.blogspot.com/


martes, 4 de junio de 2019

«Es imposible para mí cantar si no estoy enamorada.»





Nunca me cansaré de escucharla, de mirarla y sentir. Era la cosa más amoral del mundo, pero sin malicia, tan natural como un animal salvaje que sólo vive de su instinto para poder comer y, ante todo, respirar. En su voz desgarrada y deshecha vive el mundo sin corazón, la vida sin esperanza donde de pronto estalla el amor más extraño e incomprensible que sólo los seres humanos como ella pueden alumbrar.
Beber de ella, sin querer entenderla -sin osar ir más allá de sus ojos atormentados- es alcanzar una rara paz. Si nos quedáramos ahí, petrificados ante su belleza triste, al borde de todas sus fracturas, queda garantizada la paz. Basta con oírla decir, basta con eso.
Pertenecía a la época juvenil de mis padres, aunque por mis estudios francófonos yo entré muy tempranamente en contacto con su arte. Recuerdo que en la academia a la que asistí previo a mi ingreso en Limoges en una escuela superior, abundaban las revistas francesas, sobre todo la estupenda Paris Match que tenía debilidad por esta mujer y sus inagotables amantes y maridos. Ahí me empapé de su atribulada biografía pero siendo tan joven no pude percibir las verdaderas dimensiones de la tragedia en aquella figurita de apenas un metro cuarenta y siete centímetros. Siempre vestida de negro -en realidad desnuda ante la vida-, siempre aquella sombra, no tanto de su cuerpo como de la fatalidad, escoltándola ante el micrófono, interpretaba sus canciones como si le fuera el último aliento en ello. No he visto a nadie más emocionante ni escuchado una voz tan estigmatizada por el sufrimiento. Si el dolor fuera mujer, la mujer sería sin duda alguna Édith Piaf.

"¿Para qué sirve eso del amor?", le pregunta su último marido, su viudo un año y un día después. Y ella le responde que no se puede explicar, que viene de no se sabe dónde y te atrapa.

Édith nos llegó así y todavía la tenemos dentro.


lunes, 3 de junio de 2019




Esta mañana en el Lino me he encontrado con mi amiga Maria Martinez. Me ha contado su última escapada al Camino de Santiago. Mostraba fotografías y resultaba más que evidente su entusiasmo por este recorrido. Es gallega (aunque residente en Rentería desde hace muchos años) y su relato sobre los días en que ha recorrido las etapas desbordaba amor por su tierra. Una de las imágenes era este eucalipto y, dado que yo adoro a los árboles, le he pedido que me la envíe. Hela aquí. Qué hermoso ejemplar, ¿verdad? En Mataró los había a centenares y en plena ciudad, y recuerdo perfectamente que a pesar de tener muy dañado el sentido del olfato, yo era capaz de percibir -¡de qué manera!- su aroma. Cuántas veces me habré llegado hasta el parque que hay en la plaza de Granollers, situada en las colinas de Mataró, sólo por el placer de sentarme en un banco y dejarme envolver por todos esos aromas dulzones y relajantes que se desprenden de las hojas.

No es una especie muy querida. Llegó masivamente de fuera a partir del siglo XIX, es exótica donde las haya, y sobrevive entre nosotros sometida a una tensión de amor odio. Desde el País vasco hasta Galicia se extienden las plantaciones de estos seres vivos y vibrantes, la industria de la celulosa los requiere, sin embargo, son muchísimas las organizaciones ecologistas que le negarían el pan y el agua. Sobre todo el agua. Acusan a estos árboles de contaminarla. En conjunto, la animadversión se debe al criterio científico de que afecta gravemente "a la biodiversidad, a los recursos hídricos y al suelo".
Leo en The cambium design*:
"El cómo llegó este “demonio de Tasmania” a Galicia es un misterio. Se cuenta que pudo ser alrededor del año 1850 cuando el padre Rosendo Salvado le envió a su familia de Tui, en Pontevedra, unas semillas del árbol más majestuoso de todo Oceanía. Y es que la historia del eucalipto en nuestros montes no es tan larga como pensábamos. Sólo lleva unos 170 años por aquí."
Parece que ahí empezó todo y actualmente, dejando aparte a los 'celulosos', resulta que el sentir generalizado lo resume el siguiente comentario anónimo leido en la página más arriba citada:
"No hay nada más horrible que una plantación de eucaliptos, ni los pájaros se dejan ver por allí. Por no hablar de la mafia terrorista de la industria de la celulosa que provoca incendios para que los eucaliptos vuelvan a crecer con más fuerza”.
Yo los amo. Me parecen magníficos y gratificantes. Pero, naturalmente, entiendo que se le ha investigado a fondo y se ha demostrado, sin lugar a dudas, su nocivo impacto en la naturaleza.

domingo, 2 de junio de 2019


Imagen publicada hoy por Alberto Carrasco en el grupo PORQUE SOMOS DONOSTIARRAS de Facebook








Por el blanco y negro, también por la vestimenta de los playeros y la ubicación cerca de los relojes, diría que pertenece a mis años infantiles. Mi madre tenía a su grupo de amigas en esa zona y durante todo el verano, con sol o con sombra, no faltábamos a la cita con los holas y las olas. Ellas se dedicaban a sus cotilleos y nosotros, una pandilla de unos diez o doce asilvestrados enanos, a guerrear por la arena, a meternos de rondón en las cabinas y a perseguir al hombre de los pirulíes (aquellos finos caramelos en espiral) y a la señora de las patatas fritas para gastarnos lo que sacábamos a nuestras madres a cambio de dejarlas tranquilas.
Los municipales, en verano, llevaban una sahariana blanca a juego con el casco de explorador. Vigilaban el orden y la moral, los pobres sudaban como leones patrullándose playa y paseo a veces bajo un sol de justicia. Una vez me perdí y uno de ellos me llevó de la manita por toda la playa, durante una hora, hasta dar como mi madre. Qué bronca la echó. Ella, ya camino del 'topo', me compró un pedazo de helado que todavía me estoy comiendo y al llegar a casa, así como quien va y no va, me advirtió muy cariñosa: "Ni se te ocurra contarle al aita lo que 'has' hecho".
Lo que has hecho... Yo. Compraba mi silencio pero yo no estaba en condiciones de entenderlo así. Le aseguré, con los índices en cruz sobre la boca, que no diría ni pío. Creo que fue por mero instinto, pero comprendí que aquel helado y los que pudieran derivarse de la anécdota bien merecían una misa.