martes, 13 de marzo de 2018






"Y el buen sol visitó de nuevo la Tierra. Escaló primero la vertiente oriental de los picos de Europa, hasta las cumbres del Castro de Valvanera, y desde allí inició la ronda de cada día, Occidente abajo. Despertó a las águilas que anidan en los farallones y las crías sacudieron al verle sus plumas entumecidas; despertó a los rebecos que asomaron el hocico humeante y tembloroso entre las grietas de los peñascos; deshizo unos jirones de niebla que habían quedado enganchados en un crestón de Piedras Luengas, y se detuvo curioso ante una mancha de nieve, un sombrerillo de lana, con que se tocó la cumbre de Peña Labra, la de las tres vertientes. Como el verano ya estaba en puertas, le pareció mucha presunción aquel solideo y lo fundió con sólo mirarlo. Un tercio del agua se despeñó hacia las quebradas de Brañosera, con lo que algún día, allá por el otoño, haría amistad con las aguas del Pisuerga, y, por el Duero, moriría en el Atlántico. Otro tercio se deslizó por una vaguada abierta hacia el Sur. Siguiendo la pendiente muy pronto llegaría al Híjar, padre del Ebro, y por él acabaría rindiendo culto al culto Mediterráneo. La tercera y mínima piecezuela opuso cierta resistencia a fundirse, pues miraba al Norte, pero muy pronto goteó sobre una pradera que la engulló y por secretos vericuetos subterráneos inició el descenso hacia la fuente que alumbra el torrente Tibierga, condenado a engrosar por el cauce del Nansa las aguas del Cantábrico. Ya los corzos y rebecos, tensas las patas de alambre, saltan entre las peñas disparándose como muelles; ya los gavilanes avizoran, quietos en el aire, el paso de las torcaces; ya las abejas zumban en los panales, abiertos en los troncos de las hayas, anunciando su primera salida. Entonces, monte abajo, el sol despertó a los osos."