domingo, 6 de agosto de 2017



Te gusta la literatura y notas cómo sigue creciendo en ti la sed de leer. Has empezado muy temprano y aunque nunca abandonaste a las sucesivas personas que has ido siendo, imperiosamente necesitabas un libro entre tus manos. Aparcabas muñecas, diversiones y estudios, un ratito, unas horas, y luego a seguir cumpliendo con la vida. Los libros ahora ya son tus mejores amigos, tus maestros, tu familia. Es así como descubriste el mundo -y aunque está el otro, ese por el que transitas físicamente- ya no habrá para ti nada más regenerador para tu espíritu.
De todo lo que has leído olvidas inevitablemente una parte considerable. La memoria es selectiva, retiene lo que posee mejor significado para nosotros. Yo tengo un arsenal de olvidos y otro equiparable de recuerdos.
Por ejemplo, jamás me olvidaré de ese poema que JORGE G. ARANGUREN presentó, junto con otros, en los Premios Literarios Ciudad de Irún. Ganó el certamen y yo aplaudo la totalidad de su poemario. Sin embargo, uno, el primero, no solo lo tengo siempre presente, sino que podría recitarlo verso por verso. Es una obra maestra del impresionismo emocional, un dardo en el centro del corazón. Porque un poema te atrapa en el momento justo. Tú no lo sabes, pero algo dentro de ti lo ha necesitado. Suele aparecer como por azar, y no es cierto, tenía que llegar porque lo has llamado. 











TARDE DE JUNIO CON MUY ESCASA LUZ
La tormenta lejana me ha descendido el cielo
hasta un nivel fraterno;
siento los labios secos, húmeda la memoria,
                                                                              penetrante
el abombado eco del recuerdo, casi como esa puerta
que golpea la tarde,
que sirve de compás a una naciente angustia desperezada en gris
Y porque llegas tú me agito y me incorporo
cercano a Henri Rousseau,
                                               hay un espejo que no quiero mirar, donde reluce
toda mi hipocresía.
Me acerco a la ventana donde tiemblan las hojas dulciamargas de los tilos,
crujientes de belleza
y de malignidad.
Y aquí estás,
                       aquí estás...
apenas me arriesgo a darme vuelta;
resuenan las primeras falanges de la lluvia, me vuelvo a ti,
                                                                                                     me vuelvo
con un dolor terrible,
y no me dices nada, pero veo
tus pupilas de cobre, y la boca entreabierta y las pequeñas grietas
(diminutas heridas abiertas por mis besos,
por el diente profanador y cruel),
y el nido de tus pechos que me llama, me cerca, me pide que recline la cabeza,
la voluntad,
el miedo,
la cabeza apoyada en los calientes frutos de tu carne.
La tormenta descuelga sus pinturas,
rasga el cielo harapiento
y hace girar la médula quejosa de los goznes:
no puedo más y grito: ¡no quiero que te vayas...!
Y te rodeo, entera, con mis brazos
Pero tú no eres nada, solamente vacío;
abro la palma ansiosa, solo queda
el polvo pegajoso de los desvanes ya deshabitados.
¿Qué me empuja a gritar,
y qué me obliga a resguardarme el rostro entre las manos...?
Un calambre de luz sacude el cielo frío,
suena un reloj,
                          el Sur,
las lóbregas tarimas.
Y el trueno en una inmensa, poderosa y rugiente carcajada.






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