lunes, 10 de abril de 2017


"Amanece otro día en que no estaré invitado | ni a un instante feliz."
('De senectute'. JAIME GIL DE BIEDMA)





Vuelvo de un corto y desasosegado paseo. La Gripe II unida a los trágicos acontecimientos de este fin de semana, más las brumas marinas que empapan las calles, no me han permitido el más pequeño bienestar. Lo primero que he hecho al entrar en casa es atizarme otro Frenadol, que no sé si frena algo pero, al menos, su nombre tiene poder de sugestión bastante como para no renunciar a tomarlo.
El petardazo de Trump (el tío iba en serio), la amenaza del Oso ruso (estos tampoco han disimulado), Estocolmo (qué rabia, ¿verdad, señores...?), Egipto (último bastión europeo)... La muerte repentina de Carme Chacón. El mundo como siempre, no nos engañemos. Es el inútil tráfago de la vida. Pero es así la vida. Es indiscutible e innegociable; viene predeterminada como ciertos programas en nuestros 'pecés'. Ahí afuera las galaxias chocan y se deshacen, todo va a leches en el universo. En el nuestro, esta cosita que a fuerza de minúscula a lo mejor ni existe, todo es conforme a lo que exigen los archivos del sistema.
Creamos o no en el humo, las cosas ocurrirán según lo establecido. Claro que siempre nos quedará el Frenadol, ¿a que sí? O eso o releerse sin descanso El principito. O, también, a Philip Larkin: "¿Para qué sirven los días? | Los días son donde vivimos. | Vienen y nos despiertan | una y otra vez. | Están para nuestra felicidad. | ¿Dónde vivir, sino en los días?"

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