miércoles, 5 de abril de 2017

Bunbury - Infinito




Hoy han vuelto a bajar las temperaturas y a cubrirse el cielo. En el autobús, todo el mundo menos el conductor se enfrascaba en sus teléfonos móviles. Y yo. El sorprendente Bunbury -'me calaste hondo, y ahora me dueles'-, me despierta algún sueño que otro. Han cambiado los horarios, una faena, nada menos que dos autobuses por hora: uno con escalas, el otro recto a su destino. A través de los cristales, el día plagado de grisuras y paradas de autobús; en la de Garbera, un bebé me saluda chupete en mano; la madre sonríe con desgana y aparta el cochecito no sea que, al arrancar, le chafemos la criatura. Al fin llegamos arriba. Es pronto, me sobran tres cuartos de hora. Hay un 'chiringuito" junto a la rotonda que tiene de todo, hasta cafetería, y allí me voy y pido un cortado que me tomo en la mesa más apartada. Caras serias. Pocas bromas. Periódicos. Más móviles.

Una mujer me sonríe desde la barra. Nos conocemos.

¿Qué tal? Muy bien, ¿y tú? Muy bien también. Pues yo, aquí, visitando a un familiar. Pues yo lo mismo.

Las dos mentimos. Nos conocemos.



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