miércoles, 4 de enero de 2017





Frente al desgarro brutal que Mercury evidenció en su impresionante 'Que el espectáculo continúe' se sitúa esta delicada y bellísima canción que George Michael dedicaba en 1996 a Anselmo Feleppo, su amante brasileño muerto a causa del sida. Siempre que la escucho me emociona profundamente. Más la música que la letra, que también se las trae la letra. Más, mucho más por el timbre tierno y vulnerable de su intérprete.

En una sobremesa fría y turbia de los primeros días de enero, escuchar esto supone una suerte de valentía. No es fácil, a poca sensibilidad que tengamos, no reconocernos por alguna pérdida definitiva y elemental en esta oración en carne viva.





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