sábado, 14 de enero de 2017




De pronto me acuerdo de los viejos amigos. Me estoy enganchando a la nostalgia. Siempre fui un tanto adictiva. ¿Y qué se puede hacer? A los veinte años es un peligro mortal porque por esa puerta falsa, o no tanto, se pueden colar nuestros peores enemigos. A mi edad -y soy aun tan joven-, a mi edad verdadera, esa que transcurre por dentro y que por fuera también está francamente bien, ya no hay riesgos. Bueno, apenas, lo cual ya de por sí es una fiesta para los sentidos amén de los órganos al uso. Divago. Sí. ¿Y qué? Se pasa estupendamente divagando, que no es otra cosa que juguetear con las palabras y soltarle la brida al pensamiento. Mi nostalgia es, hoy, este añejo cantamañanas en el mejor sentido de los sentidos. O sea, en el lírico. Un placer acercármelo al café sentándolo en mi sobremesa. Un placer recordar su voz atronando la madruga de una discoteca. Cuánta rabia. Cuánta desbordada pasión. Pero a finales de los sesenta quién no se dejaba raptar por este tío de voz de león acatarrado... Teníamos tanta hambre de sangre y furia, tantas ganas de movernos solos en medio de una pista abarrotada de individualidades. Era como una metáfora de la libertad que soñábamos sin saberlo. El cuerpo, ya se sabe, reclama como el mar sus espacios. Y luego, qué narices, que es que con el Cocker empezamos a descubrirnos entre el humo y -luego lo supimos los más inocentes- otras cosillas nada etéreas aunque al final llevaran al éter. Todo pasó. Nos quedan estas difuminadas y melancólicas alegrías. Menos es nada.




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