martes, 23 de agosto de 2016








“En esta vida la primera obligación es ser
totalmente artificial. La segunda todavía
nadie la ha encontrado.” OSCAR WILDE.




   Hace un rato he compartido mesa con una señora muy mayor, de 'coco' en buenas condiciones en lo estrictamente fisiológico pero no tanto en la calidad de sus prestaciones intelectuales. O, más precisamente, morales. He dicho señora mayor por decir algo descriptivo pero, seguramente en estos casos, prescindible ya que con demasiada gente de toda edad y condición este asunto se repite. Me refiero a su superficialidad. A la insoportable levedad (te lo robo, Kundera) de su ser. A la miseria ética que exhiben sin ni siquiera ser conscientes de ello. Y que conste oficialmente que esto nada tiene que ver con la educación recibida y sí con su naturaleza primera, como lo es el temperamento, es decir, lo innato, lo que viene de serie y es inmodificable para los restos.
   Suelen abordarte casi violentamente: te abrazan y te besan con apasionamiento y te hacen mil preguntas a bocajarro mientras te ponen ojitos. En los primeros momentos, por mucho que conozcas el paño no puedes evitar que te atrapen en su malla de arácnido social, pero enseguida te liberas. Sucede en cuanto te fijas en sus ojos, totalmente pendientes de lo que ocurre en la periferia... deduciéndose de ello que sus orejas también están ausentes. Si te quedas, si el hastío te lo permite, ya sabes lo que te va a pasar: que, en medio de cualquier pregunta a la que les estés contestando, volverán la cabeza para forzar el saludo a terceros e, incluso, para forzar con ellos conversaciones que les harán olvidarse definitivamente de ti. Y tú te permanecerás a un lado, mimetizada con el paisaje. Ni te asombras ni te enfadas, solo te maldices deportivamente por haberte resistido a largarte cinco segundos después del abordaje.
   Hoy ha vuelto a ocurrirme con la señora de marras, así que con toda la flema de que soy capaz, me he terminado mi zurito sin alcohol, me he zampado mi croqueta, he recogido gafas y móvil, y también a don Juan Ramón Jiménez, con el que pensaba compartir mi solaz en la terraza de la cafetería cuando esta cosa en forma de mujer me ha invadido. Con un cortés (en voz alta:) bueno, doña Tal, que me tengo que ir y que ya nos veremos, y otro (en voz silenciada:) que tú vas fresca si me vuelves a echar el lazo, me he largado lo más elegantemente que he podido. Ella ha intentado darme un cariñosísimo beso, pero me la he espantado a tiempo. Sólo faltaría.
   Me ha arruinado un trocito de mañana pero la doy por bien perdida porque sé, me lo he prometido solemnemente, que nunca más volveré a tropezar con esta piedra. Y, ya puesta, ni con todas las demás. 
   Mi Venecia sin ellas será mejor, más vacía (algún precio hay que pagar) pero infinitamente mejor.



sábado, 13 de agosto de 2016







Si esto es la vida, Dios,
si este es tu obsequio,
te doy las gracias -gracias- y te digo:
guárdalo para ti y para tus ángeles.

ÁNGEL GONZÁLEZ



   He divagado mucho en estas semanas, porque necesitaba explayarme, contar, simplemente hablar. Me era urgente hacer la crónica, aun difusa y desordenada, de todo lo que recorría mi cabeza en esas horas difíciles por impensables, por desconocidas, por increíbles, por absurdas, por qué sé yo cómo seguir definiéndolas. En mi vida jamás se había producido nada tan grave, ni siquiera ligeramente importante; incluso aquello que en algún momento vino a alterar mi organismo tenía un origen conocido y fácilmente espantable. Me quedaba el oído, ese tímpano abierto en la infancia y luego cosidito rudimentariamente, que mermó, es verdad, mi audición pero que nunca fue un obstáculo dado que mi otro tímpano gozaba de perfecta salud. Y cuando llegó este enemigo, me quedé sin palabras, atónita. Luego sentí el golpe, brutal, seco y brutal, en mi ser. Porque hay dos cosas que a la gente cuya vida se ha parecido mucho a unas interminables vacaciones le parece que solamente ocurren a los otros: la enfermedad y la muerte.
   De pronto, el ruido de mi voz o el dibujo de mis sensaciones en la superficie de un papel o una pantalla me era vital. Temía al silencio. Me horrorizaba caer en el vacío. Y entonces mi orgullo (en algún momento lo he llamado por aquí, a la ligera, inútil orgullo) me salvó. Me proporcionó la rabia y el desdén suficientes como para mantenerme al margen de cuanto me sucedía. Biológicamente no fue posible, como es natural, pero psíquica y moralmente sí. Además de escribir sobre mí misma, leí mucho, volví a mis fuentes escépticas, también a las estoicas: la rabia me mantenía caliente, el desdén enfriaba mi odio por esta vida. El equilibrio es la base de la buena salud y el mejor sistema para recuperarla si se ha perdido.
   Ahora descanso. Se acabó el inocular veneno en mi organismo. Lentamente recupero mis fuerzas. Vuelvo a ser la que fui. Con la sonrisa algo deteriorada y la cabeza más lenta, todavía me cuesta creer que he cruzado la puerta y estoy en el umbral, al aire libre, sin miedo a ese sol que me estuvo estrictamente prohibido. Mi boca también se recupera del amargor y otras delicias que el tratamiento provoca; ahora bebo y como con una cierta confianza, al fin y al cabo mi memoria me ayuda a recordar los sabores originales de mis alimentos, me conformo, he aprendido a agachar la cabeza ante lo inevitable. No sé cuánto tiempo tardaré en volver del todo. Tampoco me importa el tiempo, solo pienso en que uno de estos días, al menos estéticamente, mi espíritu tendrá el aspecto que tenía antes de esta guerra contra los elementos.
   He divagado, sí, todo lo que he podido, pero retiro ya de este espacio  mis Divagaciones. Limpio mi blog. He decidido presentarlas a un concurso de relatos. Es una manera de quemarlas en la hoguera, purificando así todo cuanto hubo de vanidad en ellas. Porque la hubo, y en cantidades industriales, pero eso sería otra historia y no estoy por la labor.
   Hoy me limito a explicarme a mí misma que la Humanidad es pasto de unas fieras denominadas por la ciencia Leyes Fatales. Hay que apechugar con ellas. Esto para los no creyentes como yo. Los  creyentes tendrán que hacerlo con este mismo precepto científico, solo que lo llamarán Divina Providencia. 
   ¿Y por qué esta Gloria en mi entrada? Porque me sugiere la victoria y si de algo tengo hambre es de eso, precisamente de eso: de vencer. A David le salió bien, ¿por qué yo, algo más alta y la piedra algo más grande, no le iba a dar a mi Goliat entre los ojos?