domingo, 11 de diciembre de 2016


«Era una delicia verlos en el pequeño estanque de la Plaza de Guipúzcoa. Con la majestuosidad de una góndola, dos parejas de cisnes surcaban las aguas quietas del aprendiz de lago. (...) Los niños les arrojaban migajas para ver cerrar el signo de interrogación de sus cuellos, y las muchachas románticas evocaban a Lohengrin. Eran, sin duda alguna, los cisnes del estanque de la Plaza de Guipúzcoa un motivo decorativo de apreciable belleza.» ALFREDO R. ANTIGÜEDAD 







Un día fresquito, como de invierno en ciernes. Cuando me he bajado del autobús, a eso de las nueve de la mañana, Donosti aún dormía. Los jardines de la Plaza de Guipúzcoa aparecían grises, desalmados, rezumando esa humedad melancólica que sobreviene tras una madrugada extraordinariamente fría. Mientras esperaba, me he acercado al estanque para contemplar a los dos cisnes que, hechos una rosca inmaculada, dormitaban en el porche de sus casitas de madera. Qué silencio... Qué frío... Cuando yo era niña, mis padre me traían casi cada domingo a este lugar. Entonces los cisnes cuello blanco, cuello negro, y los patos eran legión; había incluso una innumerable colonia de peces de colores; de las palomas no me acuerdo, las palomas parecen haber llegado con la modernidad y así les va a las pobres. La gente, los niños sobre todo, les echábamos pan y, disimuladamente, alguna piedra que otra. Aunque jamás llegamos a lo que se ha llegado ahora: la fauna reducida a dos cisnes, dos, supervivientes del abandono municipal y el maltrato y, en ocasiones, exterminio por parte de los gamberros. Tiempo y humanidad parecen ayudarse en algunas cosas, en otras empeora su alianza.

Me he consolado pensando que la botánica había mejorado mucho, que los jardines estaban bien cuidados, lo mismo que las estatuas -siervas de mármol de don José María Usandizaga-, el templete meteorológico y la mesa horaria. Me ha gustado el belén. Menos mal que esta ola de estupidez que nos anega no lo ha suprimido.

Una llamada telefónica anunciándome un pequeño retraso me ha empujado a entrar en Barrenetxe. Mi gato plateado me lo ha agradecido. Café. periódico de ayer y calorcito, en medio de una atmósfera cargada de olores de bollos y pasteles. Al fondo, desde detrás de una mesita que hacía ángulo con la pared, el fantasma de las navidades que están al caer me ha saludado con medido gesto.







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