jueves, 3 de noviembre de 2016




Hay días que amanecen como despojados de cualquier síntoma de vida. No sabemos nada pero intuimos que algo no va bien, que las cosas se han descolocado y nada puede hacer que vuelvan a su sitio. Nos levantamos de la cama y hacemos lo mismo de siempre. Desayuno, limpiezas, aseo personal. Me gusta abrir el correo y leer mis páginas de Facebook y blogger mientras me bebo mi primer café del día. Esta mañana, antes de cerrar el ordenador, he sentido la necesidad de ir a echarle un vistazo al periódico. Nunca lo hago a estas horas y, desde luego, nunca visito el obituario, ni se me ocurre, pero hoy, misteriosamente, he ido a parar directamente a esa página. 

Él estaba allí, mirándome con esa dulce y cansada sonrisa que le descubrí el año pasado al volver de mi larga estancia en Mataró.

Habíamos quedado en vernos en octubre. Él me firmaría su último libro 'Sinfonía de las botas y otros relatos', luego nos pondríamos al corriente en nuestras cosas y, por supuesto, hablaríamos de literatura. Esto era a principios de agosto, cuando le llamé a su domicilio para felicitarle por su libro. Llegó octubre, pasaban los días y no tenía noticias suyas. Me extrañaba mucho su silencio, pero sabía -él me lo dijo en aquella conversación- que andaba pachucho por lo que decidí esperar el tiempo que hiciera falta. 

Esta tarde a las siete es su funeral. No me gustan los funerales, me deprimen. No sé si tendré el valor de asistir. Si lo hago, si me atrevo a enfrentarme con su ausencia definitiva, me llevaré su libro bien apretadito bajo el brazo y así, de alguna manera, ninguno de los dos habrá faltado a la cita. 






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antton obeso pérez de calleja
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