lunes, 24 de octubre de 2016


"Otoño, buen amigo, | temblor como en suspenso por las ramas desnudas, | más altas, más delgadas, | más últimas y a punto de lograr lo continuo, | ¡acógeme, ya extraigo | del licor turbulento de mi vida ese azúcar, | quizá melancolía, | como si recordara que yo soy más antiguo | que todo cuanto puedo decir. Y así sonrío." (Otoño. Canto en lo mío. GABRIEL CELAYA)




   Una paella y Debussy. Me queda algo prosaico, lo sé, pero es la estricta verdad de este mediodía que ya va muy escorado hacia la tarde. Mientras las saboreo (la paella y la Suite), recuerdo de Celaya esos versos de otoño que él encendía tan fogosamente en el último tramo de su existencia y me siguen pareciendo mentira tanta fuerza visual, tanta energía, tanto amor -ese amor último que solo nos inspira la tierra- desatado, pero así era el hombre y así me veo también aunque sea muchísimo más joven y haya sido apenas zaherida por los vientos de la vida.
   Mi vida es, como todas las vidas, un libro entreabierto que únicamente se abre del todo en los últimos capítulos. Leo por fin. Me leo todos los días sin necesidad de buscarme los ojos en el espejo. Entiendo ahora ese rictus, ese brillo apagado que trasciende la mirada, el cansancio en la sonrisa, la risa que sube perezosa en la garganta. Lo entiendo casi todo porque el otoño (ése y el mío), es buen amigo, considerado y veraz, que no nos miente cuando nos desvela lo que somos y seremos, pero que nos promete gozos tranquilos por los nuevos caminos, por las nuevas esencias. Al fin y al cabo, no es tan grave la vejez como imaginábamos.




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