martes, 11 de octubre de 2016




Agurra, Joshe Mari, agurra...


No era un amigo de esos que frecuentamos regularmente. Era más bien un amigo-vecino del pueblo (y últimamente del barrio) de toda la vida. Era, lo fue, además, en lo profesional un gestor magnífico, todo un señor a quien le bastaba un leve parpadeo del cliente para que se lanzase a solucionar cualquier problema. Hace muy poco vino a saludarme en nuestra calle. Me habló de mi pelo, qué bien estás, chica, qué bonito, y yo le expliqué el porqué de tanta guapura capilar. Nos reímos mucho. Él, comprensivamente. Yo, porque necesidad obliga. Llegó uno de sus nietos y nos despedimos como siempre con un beso cariñoso y un 'gero arte'. 

Hace unos momentos me ha llegado la noticia, y ese hasta luego se ha convertido en un desolado hasta nunca. Se ha ido. Ya no está. No volveré a encontrármelo, alegre y sonriente, por las calles de Rentería. Ya no. Cuando un amigo se va queda un espacio vacío que nada puede llenar.







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