lunes, 26 de septiembre de 2016


«Y, sin embargo, la vida es agradable, es tolerable. El martes sucede al lunes; luego viene el miércoles. El espíritu crece y se multiplica; el sentimiento del Yo se fortifica; también el dolor es absorbido en este continuo crecimiento. [...] ¡Somos arrastrados por el torrente de las cosas y estas cosas se han tornado tan familiares que ya no percibimos su sombra! Nos limitamos a flotar sobre la superficie de la corriente…." (Las olas. VIRGINIA WOOLF)






Los días otoñales, sobre todo los que inician el ciclo, llevan una extraña carga mezcla de melancolía y euforia. Esta antinomia te deja el ánimo hecho un lío. Tan pronto estás bajo tierra o a ras del suelo, tan pronto en la cima de no se sabe qué montaña de emociones arcoíris. Esta mañana había bajado notablemente la temperatura. Entre 18 y 20º es un estímulo para que la sangre fluya rápida y refrescante por las arterias y el cuerpo se desplace grácilmente por el espacio, como si no tuviera masa, como si no tuviera forma, como si todos sus contornos fueran una exahalación. En el parque todo era verde y aún se escondía el amanecer entre las hojas de yerba.
He vuelto a hojear La olas, sin orden ni concierto, entrando y saliendo a discreción de todos sus personajes. Les he perdido el miedo, ahora son amigos, me han confiado sus soliloquios sin pudor alguno porque me consideran, estoy segura, no ya su lectora, sino su amiga y confidente; creo que ya se han dado cuenta de que les he entendido perfectamente y sé de sus personalidades todo lo que hay que saber. Lo que harán y lo que jamás llegarán a hacer. Lo que vivirán y lo que no serán capaces de seguir viviendo.
Otoño... Es el otoño. El otoño es un color. Ocre crepuscular. El otoño sería el equivalente, en ese paisaje -siempre el mismo- que la Woolf hace cambiar de color y aspecto según la hora del día, del ocaso, ese instante antes de la noche, ese ocre, esa hoja que planea dulcemente en el aire y que reposará un tiempo indeterminado pero breve sobre el antiguo esplendor que fue la yerba. ¿Soñará la hoja mientras tanto? ¿Volverá a verse en su rama? ¿Tendrá tiempo...?
En esto pensaba yo, como Bernard, esta mañana de comienzos de otoño.







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