sábado, 13 de agosto de 2016







Si esto es la vida, Dios,
si este es tu obsequio,
te doy las gracias -gracias- y te digo:
guárdalo para ti y para tus ángeles.

ÁNGEL GONZÁLEZ



   He divagado mucho en estas semanas, porque necesitaba explayarme, contar, simplemente hablar. Me era urgente hacer la crónica, aun difusa y desordenada, de todo lo que recorría mi cabeza en esas horas difíciles por impensables, por desconocidas, por increíbles, por absurdas, por qué sé yo cómo seguir definiéndolas. En mi vida jamás se había producido nada tan grave, ni siquiera ligeramente importante; incluso aquello que en algún momento vino a alterar mi organismo tenía un origen conocido y fácilmente espantable. Me quedaba el oído, ese tímpano abierto en la infancia y luego cosidito rudimentariamente, que mermó, es verdad, mi audición pero que nunca fue un obstáculo dado que mi otro tímpano gozaba de perfecta salud. Y cuando llegó este enemigo, me quedé sin palabras, atónita. Luego sentí el golpe, brutal, seco y brutal, en mi ser. Porque hay dos cosas que a la gente cuya vida se ha parecido mucho a unas interminables vacaciones le parece que solamente ocurren a los otros: la enfermedad y la muerte.
   De pronto, el ruido de mi voz o el dibujo de mis sensaciones en la superficie de un papel o una pantalla me era vital. Temía al silencio. Me horrorizaba caer en el vacío. Y entonces mi orgullo (en algún momento lo he llamado por aquí, a la ligera, inútil orgullo) me salvó. Me proporcionó la rabia y el desdén suficientes como para mantenerme al margen de cuanto me sucedía. Biológicamente no fue posible, como es natural, pero psíquica y moralmente sí. Además de escribir sobre mí misma, leí mucho, volví a mis fuentes escépticas, también a las estoicas: la rabia me mantenía caliente, el desdén enfriaba mi odio por esta vida. El equilibrio es la base de la buena salud y el mejor sistema para recuperarla si se ha perdido.
   Ahora descanso. Se acabó el inocular veneno en mi organismo. Lentamente recupero mis fuerzas. Vuelvo a ser la que fui. Con la sonrisa algo deteriorada y la cabeza más lenta, todavía me cuesta creer que he cruzado la puerta y estoy en el umbral, al aire libre, sin miedo a ese sol que me estuvo estrictamente prohibido. Mi boca también se recupera del amargor y otras delicias que el tratamiento provoca; ahora bebo y como con una cierta confianza, al fin y al cabo mi memoria me ayuda a recordar los sabores originales de mis alimentos, me conformo, he aprendido a agachar la cabeza ante lo inevitable. No sé cuánto tiempo tardaré en volver del todo. Tampoco me importa el tiempo, solo pienso en que uno de estos días, al menos estéticamente, mi espíritu tendrá el aspecto que tenía antes de esta guerra contra los elementos.
   He divagado, sí, todo lo que he podido, pero retiro ya de este espacio  mis Divagaciones. Limpio mi blog. He decidido presentarlas a un concurso de relatos. Es una manera de quemarlas en la hoguera, purificando así todo cuanto hubo de vanidad en ellas. Porque la hubo, y en cantidades industriales, pero eso sería otra historia y no estoy por la labor.
   Hoy me limito a explicarme a mí misma que la Humanidad es pasto de unas fieras denominadas por la ciencia Leyes Fatales. Hay que apechugar con ellas. Esto para los no creyentes como yo. Los  creyentes tendrán que hacerlo con este mismo precepto científico, solo que lo llamarán Divina Providencia. 
   ¿Y por qué esta Gloria en mi entrada? Porque me sugiere la victoria y si de algo tengo hambre es de eso, precisamente de eso: de vencer. A David le salió bien, ¿por qué yo, algo más alta y la piedra algo más grande, no le iba a dar a mi Goliat entre los ojos?

    



No hay comentarios: