viernes, 8 de abril de 2016














"Oh, alma mía, te enseñé a decir 'Hoy' como 'Antaño' y 'Un día', 
y a pasar danzando tu danza en corro por encima de todo 'Aquí, 'Ahí' y 'Allí'. 

"Así habló Zaratustra". NIETZSCHE.)




'Le futur n'existe pas, il n'est pas tracé déjà...' Lo que dice la letra de esta canción siempre lo hemos sabido. Pero hay etapas de la vida en que se hace tan contundentemente real que no hay manera de soslayar el vértigo. Es verdad que hay gente como yo que, habiendo practicado el 'vis-à-vis' con el abismo desde que puede recordar (al principio, por pura genética; después por Nietzsche y compañía, muy particularmente Cioran) resulta que debería estar entrenadísima, y  no, ni de lejos. Porque un día, de pronto y sin previo aviso, ese vértigo, y entonces se te pone la carne de gallina y el alma como de papel higiénico. Ese es el momento en que todas y cada una de tus fibras entienden plenamente el universo, como lo que es, sin paliativos, por puro instinto: un absoluto y demoledor azar. Observas cómo las galaxias se expanden. Cómo los planetas giran alrededor de sus estrellas. Cómo las lunas circundan sus planetas. El paso de los  cometas. La agitación de los asteroides. ¿Verdad que todo parece muy ordenado? ¿Muy en su sitio? Pues no es así. En cualquier momento ese orden aparente se puede romper y estallar. Nada estará ahí mañana ya que el mañana es un cuento. El futuro no existe, todavía no está trazado...

Existe el ahora. El ahora incesante.





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