domingo, 17 de abril de 2016





Cuando salimos de Rente era verano, pero poco antes de llegar a Cestona comenzó el diluvio. En Zumaya, erre que erre. Menos mal que nos refugiamos una horita en casa de nuestra anfitriona, que nos dio besitos, café y unas batitas muy cálidas para que el confort del hogar fuera más completo. Luego nos fuimos a la calle, al asador de enfrente. Fritos variados, sopita de pescado, entrecot y merluza a la plancha. A los postres y el café, seguía lloviendo, ya algo más flojito, aunque los cielos permanecían intratables. Nuestra tertulia fue de lo más animada, así que una vez afuera, todavía con los agradables humores muy vivos, nos dirigimos a la ermita de San Telmo, donde hicimos fotos y más fotos de un paisaje tan primitivo que deja sin palabras y con la cabeza gacha ante la apabullante naturaleza.

En esa costa se ha venido escribiendo la historia de la tierra. La rasa mareal entre Deva y Zumaya es la más espectacular de toda la que recorre la costa vasca de Haitzandi a Haitzabal. Son ocho kilómetros conocidos con el nombre de Acantilados de Itzurun. Son los 'facies flysch', rocas de sedimentación alternante que han sido objeto de infinidad de investigaciones y que, finalmente, quedaron entre dos hipótesis: o eran 'playas fósiles', o eran producto de las corrientes de turbidez en las zonas profundas del océano. Triunfó esta última, y ahora solo queda disfrutar de esta manifestación del Paleoceno, cuyo fantasma nos contempla desde sus 65 millones de añitos de nada.

El día terminó en un viejo hotel, hoy dedicado a la talasoterapia, que se asoma a la grandiosidad de los acantilados. Más charleta, esta vez y por influencia del milenario paisaje, sobre lo divino y lo humano. Afuera, camino del coche, volvió el diluvio. Menos mal que nuestra amiga residente había tenido otro detalle impagable: suministrarnos anoraks y paraguas, por lo que en ningún momento pasamos frío y, por supuesto, tampoco nos mojamos. Ya en la carretera, el tiempo, queriendo ponerse a la altura maternal de la zumayana, nos obsequió con un maravilloso arco iris. Vimos llover entre rayos de sol y entrevimos un cielo como de aguamarina, y entonces supimos que el día no podía haber sido más generoso.






2 comentarios:

María Socorro Luis dijo...

Buenas noches, Mertxe.

Me ha gustado leer tu prosa poetico-didáctica, tan bien escrita-recuerdo la impresionante belleza de esa costa de acantilados- y me alegra que lo pasaran tan bonito a pesar de la lluvia.
He querido mandarte correo,y otra vez, no he podido entrar, probaré mañana. Bien?...

Un abrazo grande

Mertxe dijo...

Muchas gracias por tus energéticas palabras. Ahora bajo de mi primera sesión. Todo ha ido muy bien y, hasta el momento, sin novedades. Tengo hambre. Me espera una merlucita... al vapor. Espero tu correo, Soco.