jueves, 17 de marzo de 2016





En mi vida hubo dos personas enamoradas hasta la enajenación de esta melodía, la sexta de las diez que componen la obra. Yo tenía cinco años y solía apostarme tras la puerta de la cocina de los abuelos para escuchar a mi primo Enrique interpretarla con su filarmónica; él solía sentarse en la carbonera, con la frente casi rozando los cristales del balcón. Yo tenía veinte años cuando escuchaba a la mejor amiga que he tenido nunca tatarearla cuando paseábamos por La Concha. Los dos, él y ella, tenían su momento y su lugar para sentirla. Los dos, él y ella, aquejados de una infinita y silenciosa soledad, se alejaban, acorde por acorde, de cuanto podía rodearles.

Con el tiempo, acabé enganchadísima de esta canción. Cada vez que suena en mis oídos, la cabeza se me inunda de imágenes increíblemente nítidas, que regresan de su lejanía con la mayor naturalidad hasta el punto que recobro mis cinco años, mis veinte años, y aquella mágica atmósfera en que me hacían caer estos seres inolvidables. Es la voz inmanente de esa cosa que algunos llaman alma y otros como yo, sencillamente, nostalgia de las cosas que se fueron. 





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