miércoles, 16 de marzo de 2016







Siempre me han gustado las sobremesas, pero en estos días las experimento como un regalo. En realidad, en alguna medida todo cuanto me rodea ha venido a serlo. De pronto, he comenzado a sentir como una sensación de maravilla ante las cosas. Es, más exactamente, tímido asombro mezclado de tibia extrañeza. Tal vez exagera un poco mi mundo emocional, y es que se me han descolocado todas las premisas vitales. Somos tan frágiles, tan carentes del más mínimo equilibrio ante la adversidad, que la chinita inesperada bajo el zapato nos lleva a tambalearnos en el camino. 

No he perdido confianza, he ganado en respeto e ironía, faceta esta que seguiré utilizando como un mascarón de proa para enfrentarme a todos los vientos. Nunca me ha fallado y espero, sinceramente lo espero, que no degenere en sarcasmo. 

Hoy me apetece una música delicada, amorosa, de entrega. Es una lástima que no sepa inglés ya que me hubiera gustado acompañarla con el poema The Wind at Dawn (El viento al amanecer) que Caroline Alice Robert dedicó a Edward Elgar, su prometido, para no ser menos ante la ofrenda de amor en clave musical que este le dedicaba.




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