domingo, 20 de marzo de 2016









Difusa paz de las horas que inician su andadura hacia la noche. Voy por mi segundo café de la sobremesa y no obstante siento el peso de los párpados. No duermo bien. Duermo mucho y mal. Por la mañana me levanto a duras penas pero cumplo bastante bien con las tareas domésticas. Luego descanso un rato. Oigo música. Hablo por teléfono. Veo la tele, que me aburre y asquea. Procuro, en suma, retomar la rutina, ayer tan odiada, hoy tan preciosa para mí.  

En estos días he vuelto al viejo amigo Camus. Me he releído L'Étranger, aunque no ordenadamente, solo capítulos muy determinados, párrafos escogidos, líneas preservadas del olvido. Por ejemplo, el final de la novela, que he acompañado con este Impromptu de Schubert. 

Transcribo el fragmento de la novela más absurda que jamás haya leído y que, por eso mismo, refleja tan magistralmente la verdadera naturaleza humana.



"En cuanto salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que dormí porque me desperté con las estrellas sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí. Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre indiferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. Me pareció que comprendía por qué, al final de su vida, había tenido un "novio", por qué había jugado a comenzar otra vez. Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio."




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