sábado, 13 de febrero de 2016






    Todavía estoy de sobremesa. Y mirando al cielo, por si acaso le da por echarnos una llorera de esas que acostumbra después de despojarse de su piel de refulgente azul. Que es la que ha tenido toda la mañana.
    Ha hecho un calor sahariano. Otra vez. Otra vez. ¡Otra vez! Estoy de viento del Sur hasta allí. Definitivamente, nos han robado el invierno y yo he empezado a soñar con los primeros inviernos de mi vida; con aquellas botellas tan peligrosas que nuestra abuelas y madres llenaban de agua hirviendo y nos las metían en la cama para calentarnos las sábanas y los huesos; con aquellos charcos helados, cuya superficie rompíamos (¡crash... crash...) con las botas camino del cole, con bufandas de lana y guantes de cuero; con los gorritos de fieltro que a mí me encasquetaban hasta las orejas; con la cocina de mis abuelos, hogareña hoguera incombustible siempre con pucheros encima y siempre con manitas de niños revoloteando sobre la chapa; con las castañas que se asaban en el horno; con... Jopé. ¿Dónde ha quedado todo ese frío tan revitalizador? No sé. No sé. Ya no quiero saberlo. Me voy acostumbrando a salir a la calle abofeteada por estas ardientes lenguas del desierto de ahí abajo. A todo se acostumbra la gente.
    Se me acaba el café en el preciso momento en que empieza este andante. Cómo me gustan los andantes. Casi más que los adagios. Son lentos ('andare'... 'andare piano'...), románticos, suaves, evocadores... El andante es un 'tempo' musical entre el adagio y el moderato, y nos sitúa en un momento emocional muy particular, muy reflexivo, muy de mirar al horizonte como buscando aquellas cosas que un día se alejaron de nosotros. A saber por qué. Una tiene la ligera sospecha de haber estado algo peñazo con ellas pero, bueno, quién no lo ha estado alguna vez en su vida...


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