martes, 9 de febrero de 2016




    Si hay una hora verdaderamente acogedora, auténticamente inocente y placentera, esa es esta. Valga la deíxis por libre. No hay mejor momento para el café ni para la música que el tiempo en que mi cuerpecillo digiere, desecha y distribuye su alimento. La máquina que soy se transforma en un poderoso ingenio metafísico. Ya no piensa, ahora fluye; es mero impulso biológico ascendido al jardín de los instintos más primarios. O sea, el equivalente del Cielo que nos tienen prometido.
    "Rapsodia sobre un tema de Paganini" me ha hecho recordar un libro que leí hace mucho tiempo. Entonces. Cuando aún creía, de una manera desordenada e incoherente, en cosas altas y como muy celestiales. Se titulaba "El Dios de la perplejidad".
    La perplejidad, la mía, al buscar razones para que yo sea en todo el esplendor de mis digestiones. La perplejidad, la mía, al no encontrar esas razones. La perplejidad, la mía, ante el vacío.
    La perplejidad, la mía, cuando humillo la razón y dejo que el misterio se vaya desgranando en inalcanzables verdades.
    Lástima que el proceso solamente dure un par de horas. Lástima que deba volver a este incurable convencimiento de que todo es todo y a la vez nada. 






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