lunes, 8 de febrero de 2016





    Esta mañana mi casa estaba tan fría que, llegado el momento-armario, sin dudarlo, ni abrir la ventana para hacer las comprobaciones de rigor, me he decidido nada menos que por un jersey acrílico de cuello alto. Y cuando abro la puerta del portal... En fin, ¿qué puedo añadir a todo lo que ya le he soltado a la meteorología a la cara?
    Aceptémoslo: nos han escamoteado el invierno. Ya, por muy serio que se ponga el tiempo, el frío será una cosa de risa. Creo que nos espera una primavera tropical seguida de un verano-infierno. Estamos rozando el clima caribeño. Una amiguita dominicana solía decirme que las estaciones de su antillana tierra son tres: primavera, verano e infierno. O sea, que más o menos como aquí. Cuestión de globalización.
    Y a todo esto... ¿qué tal si me pongo un Adamo? Este chico continúa gustándome desde aquel lejano día en que me regalaron su primer disco. Porque me calma y me alivia. Y porque su voz tiene en mí este efecto inmediato: que me deja al borde de una suave nostalgia de vete tú a saber de qué. Y eso es lo bueno de la nostalgia de lo desconocido, ya que al no tener ni pajolera idea de lo que echas de menos, no sufres, tan solo te regocijas de haberlo tenido. ¿Se puede pedir más?
    Hoy, mi café se llama capuchino y juro que está buenísimo.






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