viernes, 12 de febrero de 2016







    No ha dejado de llover en lo que va de día. Lo peor es el viento, porque no hay paraguas que lo resista y acabamos de la peor manera posible: hechos una sopa y con el artefacto listo para ingresar en el contenedor más próximo.
    He salido tarde a deambular. He pegado la hebra por aquí y por allá, y siempre con un café por medio. Naturalmente. ¿De qué otra manera podría, ya a estas alturas de mi vida, charlar con alguien? Impensable. Necesito del aliciente de la cafeína para coordinar, con un cierta eficiencia, una cuantas frases. Por otro lado, si buscáramos en el diccionario la definición de la palabra café, encontraríamos mi nombre seguido de mis ocho apellidos variopintos. Confieso humildemente mi adicción. Me declaro dependiente, desde aquel lejano tiempo en que la descubrí, de esta maravillosa sustancia. Pero ahora, en estos años de la cuesta abajo, este vicio mío, el único que he logrado salvaguardar, me asiste de una manera especial a la hora de moverme por mis ya irreales días. Es mi verdadera sangre. El combustible del que no podría prescindir. Sin café no hay paraíso, eso lo tengo muy claro; y sin café tampoco existe el exterior (ese infierno de Sartre).
    Saco la mirada a través de los cristales, con todo cuidado, sin romperlos y sin estar muy segura de no mancharlos. Llueve de costado. Llueve longitudinalmente. La lluvia es tan horizontal como ciertas falsificadas verdades. 
    Se acaba el andante y me sobreviene un inesperado estado de nostalgia.
    ¿Nostalgia de qué?
    Lejanamente intuyo un difuminado dolor...





    
    

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