lunes, 15 de febrero de 2016






    Parece que el invierno finalmente nos enseña la patita. Ha bajado la temperatura, no demasiado pero se notan, y mucho, esos cinco o seis grados. Aunque por Donosti son el viento y la lluvia lo que más nos está flagelando. Pero tiene sus compensaciones, porque el espectáculo que nos ofrece el mar embravecido es grandioso. El sábado por la tarde estuve en Donosti, cámara en ristre para no dejarme ni una ola, mejor dicho ni una montaña de agua sin inmortalizar. No llovió durante ese par de horas que dediqué a darle al 'clic', con lo cual pude disfrutar, hombro con hombro con las decenas de personas que nos apiñábamos al comienzo del Paseo Nuevo, del sobrecogedor azote de las olas. Después de un año todavía me maravilla el reencuentro con mi mar, todavía soy capaz de emocionarme ante sus sombríos silencios o sus terribles enfados. 
    He vivido trece años en el Mediterráneo. Pero, en realidad, he vivido entre dos mares. Entre dos latidos, el uno delicado y azul casi siempre, casi siempre bronco y áspero el otro. Mediterráneo y Cantábrico se han ocupado de mí. El uno, acompañándome en aquellos largos vagabundeos por la playa. El otro, acariciando desde su lejanía mi tristeza. Los dos, cada uno a su manera, me ayudaron a mantenerme viva. Me alimentaba de su sal, del rumor de sus oscuras voces, incluso de ese extraño sentimiento de fragilidad y abandono en que nos sume la contemplación de la inmensidad. Con todo, no pude escapar a las garras de la nostalgia; el desmesurado amor por mi mar del Norte fue decisivo a la hora de quedar atrapada en esa enfermedad.
    En algún momento de la larga estancia en Mataró, el influjo del Cantábrico fue tan potente que tuve que procurarme placebos. Volví a leer 'Las inquietudes de Shanti Andía'. Confieso que me sobraba tanto tiempo que incluso pensé en retomar la trilogía* a la que pertenece, pero me dio pereza y, además, que siempre preferí al personaje Shanti Andía. También porque mi maltratado espíritu me reclamaba una novela del regreso, una narrativa de infancia, esa barahúnda de recuerdos y esperanzas que burbujean por la prosa aventurera de Baroja y de la que yo necesitaba para engañar el dolor de mi exilio. Luego, y ya por una cuestión de economía práctica, resulta que podía tener dos novelas en una, ya que Aguirre, el tío de Shanti, es, en realidad, el verdadero protagonista Sobre este asunto dice don Pío: "La existencia de Shanti Andía ha sido algo aventurera; ha tenido en su juventud un desafío por amores y le han querido asesinar. A pesar de esto, su vida, en comparación con la de su tío Juan de Aguirre, es insignificante. Éste ha sido el gran aventurero de la familia: ha estado en un barco negrero, ha luchado con tripulaciones sublevadas, ha estado en los pontones ingleses y ha guardado un tesoro en un rincón de las costas de África". 
    En los primeros meses del año pasado me dediqué a Donostia. En cuerpo y alma. Toda ojos, toda sentimiento, he recorrido palmo a palmo los escenarios de mi infancia, juventud y madurez; y ahora, ahora que me he recuperado en ellos, tengo la impresión de que nunca me fui. Pero no es cierto. Es otro engaño de las emociones. Es como mirarse día a día en un espejo creyendo que no cambiamos, que seguimos anclados en una juventud indestructible; ligeras variaciones en la mirada, en el color del pelo, en la sonrisa... Pero hemos envejecido y somos otros.
    No sería capaz de abandonar mi mar, y junto a él estaré hasta mi último aliento. Pero he envejecido y soy otra, y aunque ya no sería capaz de dejarlo atrás, otro mar, aquel dulce Mediterráneo de mi exilio, sigue metiéndose de rondón en mis sueños y me invita a pasear por sus orillas y a conversar con sus pequeñas olas. 




    


* "El mar": "Las inquietudes de Shanti Andía", "Los pilotos de altura" y "La estrella del capitán Chimista".
    



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