jueves, 18 de febrero de 2016







    El invierno se ha personado en el paisaje de una manera rara, como extravagante. La mañana suele tener unos deslumbrantes ojos azules, fríos ojos azules, es verdad, es verdad, pero luego, a medida que se va desnundando de horas y asoman las avanzadillas de la tarde, los cielos se nublan del todo (y a veces hasta llueve) y ya no hace frío, tan solo una húmeda languidez abrazándose a nuestros huesos.
    Esta mañana llovía. Una rareza. Un despropósito. Y este catarro solapado que llevo encima desde que puedo recordar me ha hecho equivocarme considerablemente. He elegido un jersey de cuello alto, un zapato cerrado, el anorak -ese plástico insano que no deja respirar al cuerpo-, el paraguas, la sonrisa también plastificada. Pero en la calle no pasaba nada. Una ridícula cortinilla de agua ondulaba en el aire sus hilos transparentes, y eso era todo. Me he llevado el dedo al cuello del jersey para ahuecarlo, después me he abierto el trapo de petróleo; sentía calor, agobio, aburrimiento. ¿Por qué las cosas no vuelven a sus  cosas? Antes, las estaciones eran algo muy serio, muy formal, muy de palabra de oro. De la primavera al invierno todo era una sucesión ajustada de las temperaturas; podían alargarse, acortarse, rebasar sus cánones ambientales, pero nada más, nada serio, solamente un divertido jugueteo de sus variables.
    Lo malo de esta informalidad climática es que afecta a nuestro estado de ánimo, tan supeditado a las circunstancias. Estamos preparados para la correcta sucesión de los acontecimientos básicos, y cuando estos se alteran, como está ocurriendo con la meteorología, que es mucho más que el clima por cuanto tiene que ver con toda la Tierra, nuestro organismo se desestabiliza. Y de qué manera.
  Decía Hugo en 'Los Miserables' que "todas las cosas de la vida huyen perpetuamente delante de nosotros [...], y, de repente, llega la vejez". Para mí, de repente, ha llegado ese lugar de orden y sosiego, en donde las cosas permanecen en su sitio, lejos y a salvo del desbarajuste, y me esperan fielmente cada noche. 

    He comenzado a soñar con la infancia.
    




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