lunes, 18 de enero de 2016



Esta tarde no demasiado desapacible en lo atmosférico pero sí abrumadoramente en lo político, he comenzado la lectura de la novela póstuma, o, mejor, testamento, de Pío Baroja aparecida recientemente. El escritor revive en ella sus comienzos de la Guerra Civil española, con su detención, huida a Francia y ese propósito de viajar a América. Con esta novela termina su trilogía sobre la Guerra Civil, titulada Las saturnales y que comprende El cantor vagabundo (1950) y Miserias de la guerra (2006). De su introducción Unas notas sobre Pío Baroja y la Guerra civil, de José-Carlos Mainer, extraigo este párrafo tan terriblemente actual. Comenta una carta de Antonio Machado, a la sazón en Barcelona, dirigida al escritor, y dice Mainer:






"Sin duda Baroja no recibió aquella misiva en su Casillero del Colegio de España (París). Y ni siquiera la buena fe de su amigo [Machado] podía sostener que Baroja llegara a escribir con el convencimiento y la dolorida imparcialidad de Galdós unos "Episodios nacionales" de la guerra civil. Es cierto que, desde 1900, había sido el insomne testigo de la vida de su país, pero siempre vista desde el interior de una clase media intelectual, laica, descontenta y radical, que era la suya. Entre 1930 y 1936, Baroja ya había advertido con alarma que aquel grupo social tenía poco que hacer frente a los políticos profesionales y los periodistas atrevidos; nunca le habían gustado los socialistas, y menos todavía los comunistas; su simpatía por los anarquistas fue muy superficial y literaria y, aunque en 1920 había militado en el radicalismo republicano, lo abandonó enseguida. En la trilogía de novelas La selva oscura (1931-1932) mostró su poco aprecio por las conspiraciones contra la monarquía alfonsina (que Baroja también aborrecía), su aprensión ante el ascendiente del fanatismo y su preocupación por la doble destrucción del liberalismo progresista y de la cultura tradicional, desplazados por la prensa de combate, las vociferantes emisoras de radio y la omnipresente politización de la vida (consignó esa nostalgia en un precioso libro Vitrina pintoresca, 1935, que fue un réquiem emocionado por la España popular que había conocido a principio de siglo."





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