domingo, 3 de enero de 2016





    Vuelvo a casita cansada y hambrienta. Saqueo el frigo. Vaya, unos langostinos supervivientes de estos días... ¡Ahí va!... ¿y estas lonchas del mejor jamón de bellota que me han regalado anteayer y que intentan pasar desapercibidas agazapándose detrás del pan Bimbo? Echo el guante a los unos y a las otras, me hago un ecléctico apaño, y pa'dentro. Ahora el café y la musiquita y el vacile epistolar.
    Tenemos un día muy fresco y húmedo. Esta noche ha llovido miserablemente, o sea, como la subida de las pensiones, un 0,25 % y vamos que chutamos. Durante el paseo, pinteaba entre rachita y rachita de viento y la poca gente que nos cruzábamos caminaba rápido y con los hombros encogidos. Pero no hacía frío, ¿qué son 15º en un principio de invierno?; además, que si se acompañan con un buen caldo y un hermoso pincho más el cortadito hasta puede parecer que estamos en marzo. Para mí esa ha sido la impresión. No hemos ido muy lejos, apenas tres kilómetros bajo los árboles, charlando de esto y de aquello.
    El cine, temazo donde los haya, nos ha llevado a recordar aquella peli que convulsionó nuestras recién estrenadas hormonas adolescentes. "Al di la" (Más allá). Nada menos. Nada más perturbador. En 1961 habíamos escuchado la canción homónima de Emilio Pericoli, cantada por Emilio Pericoli en el Festival de San Remo, y ya nos había subido horrores la temperatura interna. Naturalmente, tenía que hacerse una película, y, amén del Emilio Pericoli, con los actores juveniles de moda: la guapísima Suzanne Pleshette y el increíblemente perfecto Troy Donahue. Puedo decir, naturalmente a título personal, que lo mejor de todo eran, precisamente, la canción y el galán. No sé cuánto tiempo estuve soñando con él. Tenía sus fotos por todas las paredes, en las 'pastas' de los libros, entre las hojas de libros y cuadernos, incluso se me coló una en aquel examen que entregué a mi profe de contabilidad. Desde entonces, no recuerdo haberme enganchado de nadie hasta aquellos extremos.
    Pues, nada, que me la voy escuchando por tercera vez mientras dejo que el Troy vuelva a clavar en mi pupila su ya inocua pupila azul. 



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