jueves, 27 de agosto de 2015




Cioran ? Lui-même s'est défini dans son ouvrage Les larmes et les saints :
" la passion de l’absolu dans une âme sceptique ! " 






Sitio recomendado: https://www.facebook.com/LiteraturaYPsicoanalisis?fref=photo







martes, 25 de agosto de 2015


"La verdadera patria del hombre es la infancia." 
(Rainer Maria Rilke)






Después de la lluvia lo que más me gustaba eran los charcos, todos, todos los charcos, recuerdo muy bien que no dejaba pasar ni uno. Saltaba entre aquellos mares diminutos, jugando a sortearlos pero siempre terminaba en su interior, empapada y feliz, feliz y temerosa de la bronca en casa, temerosa pero soñando. La infancia siempre sueña. La infancia es esa parte de la vida que dura eternamente y se reclina en la memoria para mirarnos transcurrir por las edades. Ella no cambia, persevera en ese tiempo de la lluvia y los charcos; espera, nos espera, sabe que volveremos cualquier día, sin previo aviso, más altos y arrugados, deshechos y cansados, rotos por el despiadado oleaje de los años. Extenderá su mano hacia nosotros para invitarnos a sus sueños, y entonces veremos desvanecerse el triste cuerpo que arrastrábamos y todo volverá a ser lo que creímos perdido. 



domingo, 23 de agosto de 2015


Si te miro, me miro. La prueba es que, cuando lloro, mis lágrimas tienen tu sal.






Padre mar, ya sabemos
cómo te llamas, todas
las gaviotas reparten
tu nombre en las arenas:
ahora, pórtate bien,
no sacudas tus crines,
no amenaces a nadie,
no rompas contra el cielo
tu bella dentadura,
déjate por un rato
de gloriosas historias,
danos a cada hombre,
a cada
mujer y a cada niño,
un pez grande o pequeño
cada día.


(Un fragmento de "Oda al mar", de PABLO NERUDA)



SITIO DE LA IMAGEN: https://twitter.com/de_la_plaza_AE?lang=es

miércoles, 19 de agosto de 2015







Comparto mi café de la sobremesa con todos los átomos que soy. Infinita y eterna me lo apuro y me enriquezco, como él lo hace al entrar en mí, como yo lo haré cuando entre en otras cosas. 







martes, 18 de agosto de 2015


Pandit Nehru, el hindú, me dio una vez una rosa y me dijo: "Mírala, piensa en ella, consérvala un tiempo. Volveremos a vernos". Al cabo de un año me preguntó qué había pensado. "Sigo viendo la rosa." Veía la bella rosa aun cuando sus pétalos se habían caído. "Eso quería decirte", repuso. "Si de verdad has amado esa rosa, aunque se caigan sus pétalos y se marchite, sigues viendo la bella rosa. Seguirás viendo lo que has amado." GLENN FORD






    Ayer me costaba dormirme. En la cama daba vueltas y más vueltas sin que ningún músculo se me amoldara en el colchón. Mi cabeza, a fin de cuentas la responsable de esta incomodidad, no conseguía ingresar en esa nebulosa que conduce al sueño y tal vez -no siempre es así- al reposo. Me hubiera conformado con una leve semiinconsciencia; a veces llegamos a ser tan poco exigentes que nos basta con cerrar los ojos y deambular por la oscuridad, mudos, sordos, ciegos, vaciados de pensamiento y otros ruidos. Me hubiera conformado con eso. Y no fue así. Finalmente, de muy mal humor, me vine a la sala y abrí esta máquina. Después todo vino rodado. En mi página de Facebook puse en marcha el vídeo de Ginger Rogers y Fred Astaire y me distraje con sus elegantes evoluciones. Cuando acabó, empezó a reproducirse este documental sobre la vida de Rita Hayworth, que creo haber visto en la tele hace tiempo y que, sin embargo, por alguna misteriosa razón, ya desde el principio me atrapó completamente.
   Cuando volví a la cama, me dormí casi instantáneamente. Pero un momento antes de perder la noción de las cosas, la magnífica metáfora que Glenn Ford aplicó a su antigua compañera me cogió resueltamente de la mano y se vino conmigo a vivir entre las rosas que pueblan mis sueños. Durante todo el tiempo que he estado 'fuera', he sentido a mi alrededor, como un aura, el delicado e inmarcesible perfume de la belleza. ¿Cuántas rosas hemos adorado en la vida? Tantas como vimos morir en la vida. Y ahora, después de tanto tiempo, mirándolas... ¡qué frescas permanecen en el recuerdo!
    Me vienen a la memoria unos versos del célebre poema de Ausonio,  De rosis nascentibus: "La edad de las rosas es tan larga como un solo día, | la vejez inminente las agobia, aún jóvenes. | A la que el lucero brillante vio nacer, | a ésa la vio anciana al regresar por la tarde!"... Pero la tarde no acaba con su esplendor si el recuerdo las guarda y las protege. La vejez no puede nada contra el amor y la admiración, y sólo morirán cuando muera el que las sueña.





lunes, 17 de agosto de 2015

Manuel Alcántara, poeta, escritor, periodista...

..........



    BIOGRAFÍA

Lo mejor del recuerdo es el olvido...

Málaga naufragaba y emergía...
Manuel, junto a la mar, desentendido;
yo era un niño jugando a la alegría.
Ahora juego a todo lo que obliga
la impuesta profesión de ser humano,
y a veces, al final de la fatiga,
enseño a andar palabras de la mano.
Ser hombre es ir andando hacia el olvido,
haciéndose una patria en la esperanza;
cuerpo a cuerpo con Dios se está vendido
y a gritos no se alcanza.
(Dentro de poco se dirá que fuiste,
que alguien llamado así vivió y amaba...)
Ser hombre es una larga historia triste
y un buen día se acaba.
Desde mis veinticinco historias vengo.
Nada me importó nada.
Pero cualquier capítulo lo tengo
miniado en letra triste y colorada.
Un hombre hecho y deshecho
os habla. Soy distinto cada año.
Tengo un desconocido por el pecho.
Sí. Miradme a los versos. No os engaño.
Tengo el sombrío bosque de la frente
esperando que llueva;
mientras, el alma suena bajo el puente,
y cuando el alma suena es que a Dios lleva.
Vuelvo a andar el camino desandado
y en mi paso resuenan las cadenas.
Recuerda el corazón acostumbrado...,
¡qué buen fisonomista de las penas!
Unas pocas palabras me mantienen:
duda, esperanza, amor... Siempre me pierdo...
Amor, duda, esperanza... Siempre vienen...
La ilusión, si la he visto, no me acuerdo.


Lo mejor del recuerdo es el olvido...


Málaga naufragaba y emergía...
Manuel, junto a la mar, desentendido;
hubo una vez un niño en la bahía.
Y hay un hombre de pie sobre mis huellas
indefenso y sonoro, a ras del suelo,
que se irá mientras hacen las estrellas
propaganda de Dios allá en el cielo.




(Reposición de una entrada antigua. Alguien me ha visitado hace unos minutos y me he sentido 'tocada' por el objeto de su lectura. La devuelvo [la lectura] al presente y me devuelvo con ella sintiendo lo que sentí entonces, porque lo mejor del recuerdo no siempre es el olvido.) 







viernes, 14 de agosto de 2015






Ha estado lloviendo delicadamente toda la mañana. Yo he salido a darme unos garbeos bien equipada de paraguas, calzado adecuado, esa chaqueta vaquera (hacía fresquito) que tan guapísimas y jovencísimas nos hace perfectamente combinada con los Levi's, y un generosísimo escote (esto no es equipamiento propiamente dicho [a no ser que contemple objetivos concretos], tan solo es para no desmoralizar al verano).

Primera parada en el Juli para respostar: un cortado con crema de leche. La segunda en la ONCE. Y la tercera en el Zumardi a fin de enriquecer el depósito del combustible: un zumo de naranja. Se me ha acercado una amiguita y durante una media hora hemos tenido una charleta muy agradable. Después, ya sola, me he puesto las gafas de cercanías para iniciarme en un miniladrillo de Jon Juaristi llamado "Estrella de la paciencia". (Es un ensayo muy docto e informado en torno a Antonio Machado y su familia, que rastrea los posibles orígenes judíos de la saga.) Pero ya lo he dicho: me ha aburrido cantidubidubidá el tomito de marras, aunque tengo que acabarlo, no soy capaz -y nunca lo seré- de plantar a un libro por rollazo que sea.

A todo esto, seguía lloviendo sottovoce. En la mesa de al lado se han sentado dos hombres de mediana edad y se han puesto a contarse no sé qué historias sobre unas vacaciones en Málaga y a fumar como chimeneas. Estaban muy cerca de mí y me incomodaba esta innecesaria proximidad; me molestaba sobre todo la nube de nicotina que, procedente de sus fosas nasales, se me estaba metiendo en las mías. Repugnante. Me he cambiado de sitio usando de un tacto exquisito, pero no ha debido de serlo tanto porque inmediatamente me han mirado entre sorprendidos y ofendidos. Yo he hecho como que no me daba cuenta fingiendo que los apócrifos de Machado sobre los que ronroneaba Juaristi me interesaban horrores.

Al cabo, se ha venido hasta la terraza de la cafetería un negrazo de unos dos metros y pico, con unas espaldas que hubieran sido la envidia de cualquier Jai Alai, a pedirnos dinero por medio de una cartulina en la que se leía: tengo mucha hambre. Rentería (como lo he visto por Cataluña) está a rebosar de estas redes de mendicidad y topmanteo, y no hay comercio, esquina o calle que no tenga a una de estas personas ejerciendo su lamentable oficio. De hecho, hay un pequeño parque junto a las escuelas, en pleno centro del pueblo, que ha pasado a ser literalmente propiedad de una colonia de gitanos rumanos. Pero volviendo al pedazo de hombre del Zumardi diré que se ha puesto pesadísimo paseándonos la dichosa cartulina a un palmo de la nariz y amagando sentarse para darnos más cómodamente la chapa. Finalmente, viendo que nadie aflojaba, se ha enfadado y antes de dar media vuelta nos ha puesto como chupa de dómine. Supongo que en swahili. Seguía lloviendo. Llovía cuando entraba en mi portal.

A ver si esta tarde se abren los cielos y nos permiten pasear tranquilamente por Donosti. Se me ha antojado ese tramo que discurre entre La Perla y Ondarreta, con el Palacio de Miramar siguiéndonos con la mirada desde sus altos jardines. Me gustaría tanto poder disfrutarlo... Me está llamando desde que he regresado. Me está llamando y hasta ahora no he querido acudir, por miedo, por todo lo contrario, yo qué sé, yo qué sé, pero sé, y esto lo sé con toda certeza, que allí me esperan, vivitas y coleando, intocadas por el tiempo, aquellas cosas que amé en remotos veranos.






martes, 11 de agosto de 2015






    Calles semivacías, algunas desiertas y rezumando sombra; árboles tristes de una tristeza verde oscuro que conmueve en su profundidad; esplendor de un verano que deambula aburrido por las esquinas, y en el aire esa melancolía sutil de las cosas que han cruzado ya la línea del ecuador y saben que comienzan a desvanecerse. Llueve morriña, densa pereza, holgazanería. La cuenta atrás se ha puesto en marcha, no es visible aún, le faltan algunas semanas para ser percibida físicamente, pero para cualquier observador algo avisado se palpa el declive.
    Yo lo palpo. Sé hacerlo. No sé por qué pero hace mucho tiempo me di cuenta del momento en que se iniciaban los puntos de inflexión. Después, gracias a mi amigo Schopenhauer, entendí este don que no era tal. Soy pesimista y no por naturaleza; es, creo, más bien por la experiencia. Por -como diría Pavese- "oficio de vivir". No suelo estar atenta a los principios, pero sí  soy plenamente consciente de ese instante en que la vida toma la curva.
    He pasado la mañana paseando con una amiga, parloteando animadamente de esto y de lo otro. El cielo se iba velando poco a poco y olía a tormenta. Así pues, en un momento dado he sentido cómo me ganaba la tristeza. Esa tristeza. Una tristeza limpia, primitiva, no fundamentada en ningún hecho puntual. Es la tristeza de los espíritus que ya nacen tocados por su finitud; no duele, no hace llorar ni conlleva enfermedades terribles. Es tan solo la apacible memoria de la nada. 
   Luego, al volver para mi casa, me he enchufado el 'emepecuatro' en el oído sano, mejor dicho, menos cacharrero, y ese tío suertudo que tan felices nos viene haciendo desde 1958, hablo de Remo Giazotto, me ha hecho levitar una vez más con su "Adagio de Albinoni". Unos momentos antes había entrado en Eroski para hacerme con lo que ayer se me olvidó, una bolsa de unos 6 ó 7 kilillos de intendencia, y  puedo jurar y juro solemnemente que más parecía rellena de aire.


lunes, 10 de agosto de 2015






"Sueño con la primera cereza del verano..."

Es el primer párrafo del primer relato "¿Qué me quieres, amor?", del durísimo libro, que lleva el mismo título, del escritor gallego Manuel Rivas. 

"Sueño con la primera cereza del verano. Se la doy y ella se la lleva a la boca, me mira con ojos cálidos, de pecado, mientras hace suya la carne."

En estos días he vuelto a sus páginas. Llevo ya mucho tiempo rompiendo en el viejo rompeolas. Me apeteció un día, ya hace milenios, regresar a las lecturas que me hicieron vibrar como una hoja  a merced del viento. 

"Sueño con la primera cereza del verano. Se la doy y ella se la lleva a la boca, me mira con ojos cálidos, de pecado, mientras hace suya la carne. De repente, me besa y me la devuelve con la boca."

Recuerdo muy bien este libro. ¿Cómo podía ser de otra manera? Mi ama murió en el 95 y en los días que precedieron viví en un sueño que luego desembocó en otros con forma de libro en donde yo me perdía interminablemente con tal de no despertar.

"Sueño con la primera cereza del verano. Se la doy y ella se la lleva a la boca, me mira con ojos cálidos, de pecado, mientras hace suya la carne. De repente, me besa y me la devuelve con la boca. Y yo que voy tocado para siempre, el hueso de la cereza todo el día rodando en el teclado de los dientes como una nota musical silvestre."

Creo que sigo dormida porque leo y leo. Cuando es estrictamente necesario, hago como que me despierto y que estoy más viva que nunca. Esta misma mañana me he actualizado mi contrato con Movistar y he hecho la macrocompra mensual en Eroski, y puedo asegurar con orgullo que ni la empleada ni la cajera se han dado cuenta de que yo estaba allí, tan panchita, soñando con la primera cereza del verano.



viernes, 7 de agosto de 2015





Adoro la voz de Ainhoa Arteta

Adoro esta canción de Benito Lertxundi

Juntándolas, me parece estar sentada en una playa, frente al crepúsculo, las piernas extendidas sobre la arena, los sentidos abiertos, el pulso tranquilo, y el mar, el mar, el mar llegando una y otra vez entre dulces murmullos. Qué rara me siento hoy, qué distinta y qué cansada, qué feliz.

Euskadi maite...


Bizkaia maite
atzo goizean ikusi zindudan
soineko xuriz jantzia
buruan orlegi, bihotzean sua
nere gogoaren ertzatik pasatzen.
Zure usain gozoa, lana,
amodioa, itsasoa,
nere baitan sartzen.
Atzo goizean entzun nuen
zure berbaren oihartzuna,
zure kantaren fereka,
bihotzean kilika
eta ohiartzunaren haunditasunean
murgilduz joan nintzen
jausika, hegaka.
Bart arratsean
arbasoen baratzaren ondoan
bertsotan eta dantzan
lotu zinen alai piper eta gatza
sabel emankorra.
Bizkaia maite
atzo goizean ikusi zindudan
soineko xuriz jantzia
buruan orlegi, bihotzean sua.
Olerkari
penatuaren gozo eta mina
amodio eta kanta
zure berba leun,
zure gatzaren bizia,
zure burdinaren goria dira gaur
neretzat aterbe.
Bizkaia maite
atzo goizean ikusi zindudan
soineko xuriz jantzia
buruan orlegi, bihotzean sua,
lirain, sendo, eder.




jueves, 6 de agosto de 2015











      Regresa y tómame

Regresa a menudo y tómame,
sensación bien amada.
Regresa y tómame
cuando la memoria se despierte,
cuando un antiguo deseo pase por la sangre,
cuando los labios y la piel recuerden
y las manos crean tocar de nuevo...

Regresa a menudo y tómame de noche,
a la hora en que los labios y la piel recuerdan. 



miércoles, 5 de agosto de 2015

Había caído la tarde, y llegué, por un bello y tranquilo camino o senda lateral que discurría entre árboles, al lago, y aquí terminó el paseo. En un bosquecillo de alisos, al borde del agua, estaba reunida una clase de niños y niñas, y el señor cura o maestro impartía en mitad de la vespertina Naturaleza ciencias naturales y doctrina contemplativa. Mientras seguía adelante con lentitud, llamaron mi atención dos figuras humanas. Quizá debido a cierto integral agotamiento pensé en una hermosa muchacha y en cómo estaba yo tan solo en el ancho mundo, y que eso no podía estar bien. Los reproches que yo mismo me hacía me atacaron por la espalda y me salieron al paso en el camino, y tuve que luchar duramente. Ciertos malos recuerdos se apoderaron de mí. Las autoacusaciones me pesaron de pronto en el corazón. Así que busqué y recogí flores a mi alrededor, parte en un bosquecillo, parte en el campo. Empezó a llover suave y calmadamente, con lo que el tierno paisaje se volvió aún más tierno y silencioso. Era como si el cielo llorase, y mientras recogía las flores escuché el leve llanto que caía sobre las hojas. ¡Cálida y débil lluvia de verano, qué dulce eres! «¿Por qué recojo flores?», me pregunté, y miré pensativo al suelo, y la tierna lluvia aumentó mi ensimismamiento hasta convertirlo en tristeza. Vinieron a mi mente todas las faltas cometidas, infidelidad, odio, terquedad, falsedad, fraude, maldad y toda clase de violentas y feas intervenciones. Pasión desbocada, salvajes deseos, y cómo había incluso hecho daño a algunas personas, cómo había sido injusto. Como un escenario lleno de dramáticas escenas se me revelaba la vida pasada, y hube de asombrarme involuntariamente ante mis numerosas debilidades, ante toda la desatención y dureza que había mostrado. Entonces apareció ante mis ojos la segunda figura, y de pronto volví a ver al hombre viejo, cansado, pobre y abandonado que había visto tendido en un bosque hacía algunos días, y tan miserable, pálido y moribundo, tan doliente y mortalmente agotado que su triste y angustiosa visión me había asustado profundamente. Ahora veía en espíritu a ese hombre cansado, y me sentí débil. Sentí la necesidad de tumbarme en algún sitio, y como había cerca un lugar amigable y recogido a la orilla, me acomodé, agotado como estaba en cierta medida, en el blando suelo, bajo las ingenuas ramas de un árbol. Contemplando la tierra, el aire y el cielo, me vino el doloroso e irremisible pensamiento de que era un pobre preso entre el cielo y la tierra, que todos los humanos éramos de este modo míseros presos, que sólo había para todos un tenebroso camino, hacia el hoyo, hacia la tierra, que no había otro camino al otro mundo más que el que pasaba por la tumba. «Así pues todo, todo, toda esta rica vida, los amables y sentenciosos colores, este encanto, esta alegría y este placer de vivir, todas estas humanas importancias, familia, amigo y amante, esta clara y tierna luz llena de bellas y divinas imágenes, las casas paternas y maternas y los dulces y suaves caminos perecerán un día y morirán, el alto sol, la luna, los corazones y los ojos de los hombres.» Pensé largo tiempo en ello, y pedí perdón en silencio a las personas a las que quizá pude haber hecho daño. Durante largo tiempo me sumí en inconcretos pensamientos, hasta que volví a pensar en la muchacha, tan hermosa y llena de juvenil frescura, que tenía unos ojos tan dulces, buenos y puros. Imaginé vivamente lo encantadora que era su bella boca infantil, lo hermosas que eran sus mejillas, y cómo su presencia física me hechizaba con su melodiosa ternura, cómo hace cierto tiempo le pregunté algo, cómo bajó los bonitos ojos en la duda y en la incredulidad, y después, cómo dijo «no» cuando le pregunté si creía en mi amor sincero, mi cariño, entrega y ternura. Las circunstancias le habían ordenado viajar, y partió. Quizá hubiera podido convencerla a tiempo de que tenía buenas intenciones, de que su querida persona me era importante, y de que por muchos hermosos motivos quería hacerla feliz, y con ello a mí mismo; pero no me esforcé más, y ella partió. ¿Para qué entonces las flores? «¿Recogía flores para depositarlas sobre mi desdicha?», me pregunté, y el ramo cayó de mis manos. Me había levantado para irme a casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro.




martes, 4 de agosto de 2015






Estrella brillante

Estrella brillante, si fuera constante como tú,
no en solitario esplendor colgada de lo alto de la noche
y mirando, con eternos párpados abiertos,
como de naturaleza paciente, un insomne Eremita,
las móviles aguas en su religiosa tarea
de pura ablución alrededor de tierra de humanas riberas,
o de contemplación de la recién suavemente caída máscara
de nieve de las montañas y páramos.
No, aún todavía constante, todavía inamovible,
recostada sobre el maduro corazón de mi bello amor,
para sentir para siempre su suave henchirse y caer,
despierto por siempre en una dulce inquietud,
silencioso, silencioso para escuchar su tierno respirar,
y así vivir por siempre o, si no, desvanecerme en la muerte.

JohnKeats