sábado, 12 de septiembre de 2015







Se acerca el final del primer verano de la segunda época en mi tierra. Estoy apurando estos días precursores del otoño, aún tibios y llenos de silencio, para alargar mis paseos mañaneros. Pero no puedo evitar que una curiosa sensación de abandono se haya adueñado de mi ánimo. La experimento como si yo fuera una playa de la que el mar se ha retirado, y aunque sé que volverá en unas horas, que el agua tendrá que recuperarme grano por grano, continúo un tanto a la deriva. Seguramente en mi cerebro se están mezclando muchas cosas; tendré paciencia y esperaré a que se remansen las emociones que este hecho provoca; ocurrirá uno de estos días y entonces, solo entonces, podré decir que ha finalizado mi adaptación a esta segunda edición de la obra que represento en la vida.
    Y hay más: desde hace unos meses mi pasado y mi presente han tomado la costumbre de frecuentarse cada dos por tres, y se van por ahí de la manita, sonrientes y felices, ajenos a nada que no sea su entrañable hermandad en el camino. Supongo que el consuelo de la edad es sentir que tenemos dos cuerpos felizmente reunidos y, cuando toca, felizmente desdoblados. Es el caso. El cuerpo que nos lleva ahora está hecho de tantas horas como el otro; es, por tanto, igual de viejo aunque mucho más sabio. Pero le falta un tesoro. La memoria. Porque la memoria sólo puede vivir en nuestro cuerpo invisible. 'Es' nuestro cuerpo invisible. Resucitarla, parcela a parcela, emoción a emoción, en eso consiste el privilegio que nos concede el pasado. 




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