viernes, 14 de agosto de 2015






Ha estado lloviendo delicadamente toda la mañana. Yo he salido a darme unos garbeos bien equipada de paraguas, calzado adecuado, esa chaqueta vaquera (hacía fresquito) que tan guapísimas y jovencísimas nos hace perfectamente combinada con los Levi's, y un generosísimo escote (esto no es equipamiento propiamente dicho [a no ser que contemple objetivos concretos], tan solo es para no desmoralizar al verano).

Primera parada en el Juli para respostar: un cortado con crema de leche. La segunda en la ONCE. Y la tercera en el Zumardi a fin de enriquecer el depósito del combustible: un zumo de naranja. Se me ha acercado una amiguita y durante una media hora hemos tenido una charleta muy agradable. Después, ya sola, me he puesto las gafas de cercanías para iniciarme en un miniladrillo de Jon Juaristi llamado "Estrella de la paciencia". (Es un ensayo muy docto e informado en torno a Antonio Machado y su familia, que rastrea los posibles orígenes judíos de la saga.) Pero ya lo he dicho: me ha aburrido cantidubidubidá el tomito de marras, aunque tengo que acabarlo, no soy capaz -y nunca lo seré- de plantar a un libro por rollazo que sea.

A todo esto, seguía lloviendo sottovoce. En la mesa de al lado se han sentado dos hombres de mediana edad y se han puesto a contarse no sé qué historias sobre unas vacaciones en Málaga y a fumar como chimeneas. Estaban muy cerca de mí y me incomodaba esta innecesaria proximidad; me molestaba sobre todo la nube de nicotina que, procedente de sus fosas nasales, se me estaba metiendo en las mías. Repugnante. Me he cambiado de sitio usando de un tacto exquisito, pero no ha debido de serlo tanto porque inmediatamente me han mirado entre sorprendidos y ofendidos. Yo he hecho como que no me daba cuenta fingiendo que los apócrifos de Machado sobre los que ronroneaba Juaristi me interesaban horrores.

Al cabo, se ha venido hasta la terraza de la cafetería un negrazo de unos dos metros y pico, con unas espaldas que hubieran sido la envidia de cualquier Jai Alai, a pedirnos dinero por medio de una cartulina en la que se leía: tengo mucha hambre. Rentería (como lo he visto por Cataluña) está a rebosar de estas redes de mendicidad y topmanteo, y no hay comercio, esquina o calle que no tenga a una de estas personas ejerciendo su lamentable oficio. De hecho, hay un pequeño parque junto a las escuelas, en pleno centro del pueblo, que ha pasado a ser literalmente propiedad de una colonia de gitanos rumanos. Pero volviendo al pedazo de hombre del Zumardi diré que se ha puesto pesadísimo paseándonos la dichosa cartulina a un palmo de la nariz y amagando sentarse para darnos más cómodamente la chapa. Finalmente, viendo que nadie aflojaba, se ha enfadado y antes de dar media vuelta nos ha puesto como chupa de dómine. Supongo que en swahili. Seguía lloviendo. Llovía cuando entraba en mi portal.

A ver si esta tarde se abren los cielos y nos permiten pasear tranquilamente por Donosti. Se me ha antojado ese tramo que discurre entre La Perla y Ondarreta, con el Palacio de Miramar siguiéndonos con la mirada desde sus altos jardines. Me gustaría tanto poder disfrutarlo... Me está llamando desde que he regresado. Me está llamando y hasta ahora no he querido acudir, por miedo, por todo lo contrario, yo qué sé, yo qué sé, pero sé, y esto lo sé con toda certeza, que allí me esperan, vivitas y coleando, intocadas por el tiempo, aquellas cosas que amé en remotos veranos.






2 comentarios:

Ishtar dijo...

Hola!
Leí tu post anterior y me Encantó.

Has escrito otro antes de que pueda comentarlo.

Ya estoy temiendo el momento en el que también yo tenga que usar gafas de cercanías.

En cuanto a lo de no dejar un libro sin acabar … Hace muchos años que opinaba como tú y no dejaba ningún libro a medias, aunque me espantase y apenas prestase atención a la lectura, pero con el tiempo me he dado cuenta de que hay demasiados libros esperando a que los lea para estar desperdiciando mi tiempo con uno que no me gusta.

Un abrazo.

Mertxe dijo...

Buenos días, Ishtar. Muchas gracias por tu visita y tu comentario. En cuanto a lo que manifiestas sobre la lectura, tengo que decirte que comparto absolutamente esa decisión de abandono ante la falta de interés. Pero soy débil -todavía lo soy-, y, aún arrastrando los pies (bueno, los ojos) siempre los termino. Me educaron así y, como sabes, en los primeros años se cimenta la fidelidad a las costumbres. Un cordial saludo.