viernes, 24 de julio de 2015





Nuestras magdalenas ya van tocadas del ala. Se agotan a toda velocidad. Esta mañana no había mucha gente en la calle, y en el Juli, mi cuartel general desde que puedo recordar, apenas éramos media docena de almas alicaídas, descoloridas, tristes... Desanimadísimas.

La mayoría nos parapetábamos detrás de un café bien cargadito y simulábamos leer el periódico. Yo esperaba a una amiga y casi me quedo off con la taza en la mano. Qué insoportable sopor... Codo con codo, legaña con legaña, cabeceando como el perrito del parabrisas, todos los clientes del bar nos hermanábamos en la resaca. La mía, contraída en Donosti, adonde he estado huyendo con la ingenua pretensión de librarme del zafarrancho. La de los otros [supongo], en el municipio. Pero lo cierto es que nadie las hubiera distinguido, porque la resaca carece de signos distintivos. Es un malestar, con hipocentro en el estómago, producido por los excesos cualesquiera que sean estos. 

En la imagen que planto aquí aparece una amiga que tiene más marcha que una locomotora diésel. Ella lo celebra todo a fondo. Ella celebra los 365 días del año. Ella puede con lo que le echen. Aquí la tenemos, txuri-urdin, atizándole a un tambor. Ella no tiene resaca. No le da tiempo. Es más: no creo que sepa lo que es eso.




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