miércoles, 29 de julio de 2015





"Pauvre gosse dans le miroir. Tu ne me ressembles plus, pourtant tu
me ressembles." (Le Mentir-vrai, Louis Aragon)




A gran velocidad ha transcurrido julio. En realidad, a partir de cierta edad, hagamos lo que hagamos o dejemos de hacer, la vida pierde los frenos. Esto lo he sentido en varias ocasiones a lo largo de mi existencia pero luego no ocurría nada, las cosas retomaban su pausado ritmo y el amago de vértigo lo olvidaba al instante. Pero ahora ya no se trata de una impresión; es, desgraciadamente, una evidencia. La vida, más que correr, vuela. 

Sonrío ante ese loco pensamiento que me ha estado acompañando hasta hace bien poco. Que los años pasaban junto a mí de puntillas y sin rozarme. Como a la Virgen, sin romperme ni mancharme. Ni siquiera el espejo ha sido lo bastante convincente como para desbaratar esa ilusión. Pero es inexorable: al fin llega el día en que te palpas el cuerpo y descubres que es el de otra. Otra que no es ni mejor ni peor que las que se han sucedido en ti sin que te dieras cuenta. Y entonces sí, entonces te miras detenidamente en el espejo y compruebas que han desaparecido tramos y más tramos de tu vida, que de todas esas personas que fuiste sólo te queda un recuerdo impreciso, una ficción. Te encoges de hombros y canturreas para darle más verosimilitud a tu indiferencia. Eres guapa. estás muy bien para tu edad, y luego tienes ese don impagable del humor, esa juerga interior que te pone a salvo de cualquier tristeza. (Por si acaso, sobreabundancia de verosimilitud.) Te retiras de esa imagen que te versiona. Apagas la luz. Cierras la puerta al salir. En el pasillo, el viento de los años vuelve a azotarte el rostro. 

Liszt tuvo un sueño de amor y lo desgranó en su piano. Yo soñaré esta noche con todas las vidas que sospecho haber vivido. Con los amores que intuyo haber tenido. Con vosotras, mágicas edades de las que he sido desposeída. Desgranaré una ficción -todos los sueños lo son- que podría devolverme a un tiempo paralelo, un tiempo alejado de mi tiempo, cuyos habitantes seguirán sin duda conservando el mismo rostro, ellos, solamente ellos, yo no porque en los sueños nunca se es protagonista, se es convidado de piedra, observador mudo. Un fantasma llegado de la más irreal de las vidas: la real.






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