lunes, 9 de marzo de 2015

Esta mañana he tenido un agradabilísimo encuentro con José Luis Insausti Urigoitia. Debo decir que es él quien me ha reconocido inmediatamente al entrar en el Bar Juli, puesto que yo, entre el despiste genético que me conforma y el desajuste geográfico de doce años que acarreo, no suelo andar muy fina con las figuras de mis paisajes anteriores. Un café y una larga charla sobre mis circunstancias y las suyas, las personales y las que durante años nos han reunido como colaboradores de la Oarso, nos ha dejado perfectamente al día. 

¿Y quién es José Luis Insausti Urigoitia? Pues, al margen de su popularidad absoluta en Errenteria -y considerable en otros lugares interesados por nuestra cultura- hecho este que reconoce fundamentalmente su labor en el campo de la cultura, es ante todo y sobre todo uno de esos seres que nacen para amar profundamente cuanto les rodea. Mientras me hablaba de su trabajo a lo largo de los años, yo observaba disimuladamente el chispear de sus ojos y la emoción que le afloraba en el rostro. Es un hombre que vive entregado a su pueblo, y se lo hace saber minuto a minuto. Como tantos y tantos renterianos, le he seguido en su afán de arrebatarle al olvido el tesoro de nuestra reciente historia tan repleta de historias de las que nuestros abuelos y padres y nosotros mismos fuimos los protagonistas. Lo que tuvimos en aquel tiempo -que hoy recordamos en blanco y negro, porque la fotografía aún iban a tardar en colorearnos la vida- es un patrimonio que nunca debería perderse. Sé que él no lo permitirá mientras aliente. 

Pudiera parecer que un hombre dedicado al buceo en el pasado se halla tocado por la nostalgia. Nada más lejos de la realidad. No hay rastro alguno de nostalgia en sus escritos, al menos yo no lo percibo; en cambio, siento en esta su ininterrumpida reanimación de lo vivido el orgullo de haber habitado una época en que todo era más difícil, más arduo; una época en que las heridas de una guerra que, si bien no nos alcanzó a los niños, sí pudimos intuir en la mirada de nuestros mayores, permanecían abiertas, imperecederas. De eso se trata precisamente en sus artículos y en sus libros. De no olvidar lo que fuimos ni las cosas que nos hicieron lo que somos.

Nuestra cultura puede estarle muy agradecida a este hombre que hoy, además, se está volcando, junto con un grupo de personas tan esforzadas y valientes como él, en otra gran empresa: la rehabilitación y conservación de la Basílica de la Magdalena. O lo que es lo mismo, la vida después de una agonía inexplicable. "Y es basílica, no ermita", me ha recordado José Luis ya a punto de despedirnos en la esquina de la Viteri txiki. 

Cuando volvía para mi nueva casa, no dejaba de pensar en la conversación que había mantenido con este hombre admirable. Al llegar a la esquina que en mi infancia se llamó 'Callejón Morronguilleta', algo en mi interior se ha conmovido, porque me he recordado en aquella angostura húmeda e impracticable, corriendo junto a otros niños y niñas, gritando y riendo, riendo como únicamente pueden reírse los inocentes, feliz sin saber por qué, feliz porque sí. En ese momento he comprendido todavía mejor a mi amigo José Luis Insausti Urigoitia. 



------------------------------------------------------------------------------------------------------
Documentación:

http://www.errenteria.net/es/ficheros/40_14955es.pdf
http://www.errenteria.net/es/ficheros/40_17080es.pdf


No hay comentarios: