sábado, 7 de febrero de 2015

Paseo por mi pueblo y voy descubriéndome poco a poco en las cosas y en las gentes. Sé que se acerca el momento en que esa broma que solía gastarme ya desde finales de octubre -broma que, como casi todas las mías, suele ser el preludio de una verdad ineluctable- se haga realidad: que me parecerá no haberme ido nunca. Con esto no quiero decir que se borren de mi cabeza esos doce años y medio que viví en el sol, pegadita a ese amigo azul que, en los atardeceres del verano,  se volvía de un rosa nacarado; rara vez perdía la sonrisa y supo transmitirme la paz perfecta en que viven los que se entienden solamente con la mirada. Hubo mucha soledad, mucha, toda la que puede caber en el alma cuando el alma está anegada en ausencias; sin embargo siempre me resultó muy fácil de ahuyentar el vacío: me bastaba con acercarme a él y acompasar su respiración  a la mía. Sí, sí, exactamente así. Apoderarme amorosamente de él, como un hijo se apodera de sus padres. Y ya está. Eso era todo. Nada menos. Hacerle entrar y que me permitiera sentir el culebreo de su pequeñas olas por mi piel. En esos años bajé casi todos los días a la playa. Me gustaba hacerlo en las primeras horas del día, jamás como en esos momentos podíamos entendernos mejor, los dos enteros, sin que nada nos hubiera tocado aún, limpios de miradas ajenas, puros y todavía con ese rocío de la madrugada haciendo centellear nuestras pupilas. (La tuya delicada y espléndida, inmensa y profunda; la mía tan mínima y humilde, tan desprotegida en medio de la creación. Tú eras grande y hermoso; yo, la criatura errática y triste que te buscaba para perderme en ti.)

Hoy me he recorrido el Rentería más intramuros. Gran parte de lo que he visto ya no era tan nuevo cuando me fui, todo había recrecido ya entonces sobre el pasado de otras piedras; también en aquellos años previos a mi partida recuerdo haber buscado con un amago de angustia mi infancia y primera juventud, claro, ¿qué otra cosa?, todavía no eran muy caudalosas mi pérdidas, o así lo pensaba, sin encontrar sus ecos más allá de mi cabeza. Hoy me he buscado completamente. Pero con serenidad, con la mansedumbre de una ola que llega delgada y lánguida sobre la arena, sabiendo de antemano que de las que le han precedido no queda nada, ni un rumor, ni el más mínimo rastro, nada, absolutamente nada. He sido como el Hamlet de Mallarmé que lee en el libro de sí mismo mientras se pasea resignadamente por su ciudad. Es una incapacidad asumida la que llevo encima y no, ni siquiera lo intentaré -como aconsejaba Hugo-, arrancarme de mi costado. Soy la que soy y si me busco todavía es porque está en mi naturaleza, no puedo evitarlo, me resulta tan natural como respirar. Resignación ante ese muro que el tiempo me planta delante. Paseos teñidos de una cierta nostalgia. Recuerdos descoloridos. No cristalizar en ninguna circunstancia, ni pasada ni futura. Viento, dejarse acariciar por el viento es lo que cuenta, lo que da vigor a los tejidos. Las calles, las esquinas, los rostros que te miran y te sonríen son, si no son de ahora mismo, fantasmas surgidos del misterio, muertes antiguas que vuelven de la noche sempiterna; no hay que concederles otra importancia.

Me encuentro muy a gusto entre mis muertos y mis vivos. Todo está lejos y todo se acerca. Está bien así. No hay duda de que lo que queda de mí sabe cómo sacarle partido a su realidad. Porque irreales sólo son los sueños, la realidad, en cambio, es algo que hacemos a cada instante si así lo quiere esta coalición de lo desvanecido y de lo superviviente que se da en nosotros, y entonces el pasado y el futuro pasan a ser meros conceptos, ideas, vapor, nada. Cuenta lo que hacemos con el presente. Más allá de sus ventanales no hay paisaje visible. Somos libres entre cuatro paredes. La vida no tiene otra geometría. Ser o no ser es la cuadriculada cuestión. 





2 comentarios:

María Socorro Luis dijo...

Lo primero, mMertxe, bienvenida a tu txoko.
Te entiendo y me identifico. Cuando vine de Buenos Aires después de casi veinte años, junto a lo feliz del regreso sentía la tristeza de la añoranza, de lo que había dejado. Y es que vamos repartiendo los amores por aquí y por allá...

Espero verte pronto. Luego te mando correo. Un abrazo

Mertxe dijo...

Lo espero impaciente, amiga poeta.