viernes, 23 de agosto de 2013



"Oh, esperanza, esperanza: ameno engaño
de mi primera edad! Cuando hablo siempre
retorno a ti; pues por pasar el tiempo,
por mudarse de afectos y de ideas,
olvidarte no sé. Fantasmas veo,
son la gloria o el honor; deleite y bienes,
mero deseo; en la vida no hay fruto,
inservible miseria. Y si vacíos
están mis años, si desierto, oscuro
es mi estado mortal, poco me quita
la fortuna, lo sé. Ay, pero cuando
en ti yo pienso, esperanza pasada,
y en mi primera, amada fantasía;
y luego veo mi vida tan mezquina
y tan doliente, y que la muerte sólo
de tantas esperanzas hoy me queda;
siento un dolor, siento que plenamente
consolarme no sé de mi destino."

GIACOMO LEOPARDI
Le ricordanze









No hay otro animal capaz de jugar, y jugar entusiásticamente, con aquello que no existe. El pasado se asienta con fuerza en nuestra mente, en tanto que el futuro no deja de ser objeto de nuestros pensamientos más audaces. Y ambas cosas nos hacen descuidar el presente. Es como si estuviéramos sobre sobre un puente dividido en dos mitades: un pie en la zona que ya hemos recorrido y el otro en la que soñamos que transitar. 

Leopardi era muy realista, tenía los pies perfectamente asentados en el suelo; sabía que no era una cuestión de vivir en el pasado o en una ilusoria representación del futuro. Para él, la evocación de lo vivido y lo por vivir sólo tenía un objeto: demostrar nuestra endeble y de cualquier forma breve permanencia en la vida. El tiempo en sus poemas es como un ángel exterminador, que a veces se percibe tranquilo y compasivo, y otras veces como un vertiginoso galope hacia la nada. La nada. Justamente la nada. Hay dos poemas suyos que completan el trágico sentimiento de vaciedad. Éste Le ricordanze, que sin buscar la recuperación de lo que ya ha muerto, sí lo recuerda como algo mejor, algo a conservar en la memoria como una especie de tabla de salvación respecto de lo que ha seguido. En el otro, el monumental Canto notturno di un pastore errante dell'Asia, desarrolla su sentimiento sobre la inutilidad de la existencia. Todas las cosas se le aparecen como un triste conjunto flotando en la nada, y le destroza el dolor que le produce la conciencia de saber a ciencia cierta lo efímero del ser.

martes, 20 de agosto de 2013




Se adelgaza el verano, porque ya el amor dorado (me manipulo lexicalmente a Lorca) empieza a insinuarse entre golpe y golpe de calor. El otoño no tardará, son muchos los signos inequívocos que lo anuncian. Anochece temprano cerca del mar, y el mar, a eso de las ocho, ya empieza a recoger tímidamente sus hules y sus olas, mientras la prosa de sus mareas se hace lánguida y se vuelve pálida: tonos pastel en la superficie, oscuridad creciente en las profundidades. Silencio en el aire. Silencio en el mar.

Ayer tarde no pude dar mi paseo por el espigón, tenía otras cosas entre manos; pero esta mañana, aprovechando que ha amanecido algo nublado, pienso recorrerlo de punta a cabo. Después me tomaré un café en la terraza del Margarit y, sobre todo, sobre todo. intentaré alimentarme de alisios maresminos. 




domingo, 4 de agosto de 2013

Mataró se ha despertado muy tarde hoy. Quedamos cuatro gatos perezosos y nos cuesta salir de casa. A penas hay gente en la calle, y eso que la mía es de obligado tránsito para bajar a la playa, o a la estación, o a por un autobús o un taxi. Hace mucho calor, cosa esta muy normal en verano, pero como siempre es la humedad lo que realmente agobia. No he salido en toda la mañana. Tampoco sé qué voy a comer, no he preparado nada y me espanta la sola idea de entrar en la cocina. Lo cierto es que ni siquiera tengo hambre, sólo ganas de beber y beber y beber; en estos momentos mi estómago es un embalse a punto de desbordarse. He pensado en leer y escuchar música, pero una vez instalada en la terraza no he conseguido concentrarme. Apagón, un gran apagón es lo que me produce este tiempo asesino. 



En días como éste lo más sensato es conceder absoluto albedrío a los ojos. Son nuestras alas. Si en algún momento la naturaleza decidió negárnoslas, hay que reconocer que fuimos largamente compensados con la mirada. Desde mi tumbona he visto cómo espejea el Mediterráneo bajo un cielo que poco a poco se enturbiaba huérfano de gaviotas y de viento. En cambio, el mar jamás está solo. Tiene la vida frondosa de las plantas y los oscuros latidos de los peces, un hervidero de existencias que siempre existieron y que guardan el inviolable recuerdo de la nuestra. 

Los domingos suele haber mucho tráfico de veleros. Me encantaría navegar a bordo de esas estilizadas embarcaciones. En Donosti, cuando llegaba el verano, solíamos cruzar a la isla en las grandes motoras que te dejaban los oídos hechos cisco con el estruendo del motor. De San Juan también se volvía en motora, algo más pequeña, cubierta, menos ruidosa. Ahí se terminan mis experiencias náuticas. Por eso, para elevar el listón, ¡y de qué manera!, mi sueño desde que vivo pegadita al mar es subirme a la nave seguramente más antigua del mundo, el velero, y poner proa al horizonte para remontar las grandes olas sintiendo en el careto el beso ancestral del viento.

No sé nadar, pero qué importa, si hay que morir, ¿acaso no es mejor hacerlo donde hemos nacido? Debe de ser como regresar de todas las tormentas para volver a ser lo que un día fuimos cuando se inventaba la vida, un soplo, un esbozo, casi nada y todo.