martes, 19 de marzo de 2013

Una historia atractiva con un puntito de morbo

La isla de Boëdic vista desde el cielo. (Foto: Thierry Esch)


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Viaje por la historia misteriosa de este pequeño trozo de tierra del Morbihan, en cuyas orillas fue hallado el cuerpo del abogado Olivier Metzner que se suicidó ahogándose en el mar. PARIS MATCH

. Extendida a lo largo de 11 hectáreas, situada a algunos centenares de metros de la costa, a la altura de Vannes, la isla de Boëdic se alza en medio del canal, frente a Arrandon, la comunidad donde están instaladas las mayores fortunas de Bretaña. En Séné, el pueblo del que depende Boëdic, su historia es conocida por los ancianos. Los demás repiten humildemente las fábulas que les han contado. Antiguamente, Boëdic formaba parte del continente y a medida que pasaban los siglos se fue separando. En ese lejano pasado, Boëdic estaba habitada por unos monjes. Siluetas misteriosas y encapuchadas rondaban el lugar desde el alba, mientras que la niebla todavía hacía estragos en el momento de los primeros rezos. Por superstición o por respeto, los sencillos pescadores no se aventuraban por allí. Más tarde, en el siglo XVIII, formada por praderas, bosque y pantanos, la isla fue cultivada por campesinos. Después, en el XIX, perteneció a Madame Quifistre de Bavalan, esposa de Joseph le Gouvello du Tymat. Fue en esa época cuando la casa dle dueño, llamada "el castillo" por los pescadores de la zona, fue construida con las piedras extraidas de las canteras del golfo de Morbihan. La casona ofrece 160 metros cuadrados habitables en cuatro niveles, está rodeada por un jardín que cierra una muralla. Un poco más lejos, una vivienda de 33  metros de largo fue acondicionada como granja. En la punta noroeste, una capilla, dedicada a san José, fue erigida por Narcisse Passot, un industrial parisino, el nuevo propietario en 1919. Se dijo en la península que el empresario quería, viviendo aquí, secuestrar a su familia, impidiéndole frecuentar el mundo. Un día, decide transformar el edificio, hasta entonces utilizado para hacer el pan, en una pequeña iglesia. En verano, un sacerdote pariente de los Passot, celebraba allí la misa. Los habitantes del continente venían en barcas para asistir a la ceremonia los domingos.

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Este trozo de tierra ofrece también dos playas privadas, una de ellas frente a poniente. La segunda se acaba en una serie de rocas, una de ellas emerge, esculpida, representando una cabeza de monje. Cuenta la leyenda que se trata de un prisionero, encerrado allí secretamente, que hubiera querido dejar así su huella. La realidad es menos romántica. El famoso monje, apodado por los marinos "el Bígaro", fue fabricado entre 1864-1865 por unos obreros que trabajaban en la construcción de la prefectura. La escultura fue bautizada con gran pompa con unas botellas de blanco y, como madrina, una joven de las islas. Desde aquella época, todo navío que dobla la piedra debe hacer sonar el cuerno. Y todo narino "echar la espuela", beberse un vaso de vino sin respirar, para que el viento sea bueno, la mar hermosa y las corrientes tranquilas.

En SÉNÉ, se cuchichea QUE el "CasTillo"encierra todavía CiERToS SECREToS DE LA ReSISTeNCia

Al final de la Segunda guerra mundial, la familia de Bernard Goupy, proprietario de Boëdic hasta su venta a Olivier Metzner en enero de 2011, toma posesión de la isla. Eran agricultores y luego ostricultores. El padre de Bernard y Claude se distinguíó por actos de resistencia durante la guerra. "Incluso hubiera tratado a Jean Moulin", añade Thierry Jacob, pescador y presidente de la asociación "los amigos de Port Anna". Y en Séné, se rumorea que el "castillo» encerraba todavía hoy ciertos secretos de la lucha clandestina para la liberación. Hay que decir que desde la isla se tiene una vista inexpugnable sobre una propriedad, apodada por las gentes del lugar, "el pequeño Chambord", y que fue el sitio de veraneo de los alemanes durante la guerra. 
A la muerte de sus padres, Claude, soltero, vivía en Boëdic con Denise, su sirvienta. Bernard, casado, con dos hijos, residía en Conleau, el islote, a la altura de Vannes, unido al continente por un puente. Bernard, que era muy  mañoso, había construido una pequeña central eléctrica con un aeromotor y una serie de baterias. Recogiendo el agua de lluvia, los Goupy podían así vivir en autarquía. Claude ha muerto brutalmente hace cinco años. Bernard todavía seguiría viviendo pero aquejado de la enfermedad de Alzheimer. Son sus hijas, Isabelle y Aurélie, las que pusieron en venta Boëdic en 2011. Pedían 2,7 millones de euros. El compromiso de venta con  Olivier Metzner había sido firmado por 2,5 millones de euros en 2011. El domingo 17 de marzo, el cuerpo del célebre abogado ha sido descubierto a la altura de su paraíso bretón, que finalmente había decidido vender.


lunes, 11 de marzo de 2013



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Ignoro si servirá de algo en un futuro más o menos dilatado, pero somos muchos los que no dejaremos que los hechos sean enterrados en esta hermosa tumba. Sé que un día se conocerá la verdad y, aunque ya no estemos aquí para alegrarnos y horrorizarnos, de alguna manera, de alguna misteriosa manera, algo de esta justicia última penetrará nuestra noche. Sabremos entonces y tal vez nos sea dado de nuevo llorar, sufrir, sentir espanto siquiera un instante, cualquier cosa nos valdrá pero el olvido nunca...








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sábado, 9 de marzo de 2013






Columpiarse al amanecer...


Oscilar en el aire temprano como un péndulo entre la noche y el día, entre el sueño y la vigilia, inencontrables a la vez que presentidos. Parece surrealista y no lo es en absoluto. Es una metáfora de cómo debemos tomarnos la jornada que se inicia, y, si fuera posible, la vida que continuará, oh tristeza, en su desquiciada línea. Alegría y tranquilidad, eclecticismo, una cierta indolencia (qué bien suena en francés: ¡nonchalance, nonchalance!), porque únicamente en esta tesitura resistiremos. Lo más sabio, pues, es hacerse con un columpio, colgarlo de las nubes y esperar a que se enciendan las luces. Después no queda sino dejarse iluminar y calentar. Después, arre, burro, que la vida son cuatro días y la mayoría no festivos. Es curioso de qué manera inteligente, aunque tal vez muy lastrada de fracaso, acabamos moviéndonos por el mundo. Bien mirado, todo acaba en la caricatura de lo que fue. 




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