domingo, 4 de agosto de 2013

Mataró se ha despertado muy tarde hoy. Quedamos cuatro gatos perezosos y nos cuesta salir de casa. A penas hay gente en la calle, y eso que la mía es de obligado tránsito para bajar a la playa, o a la estación, o a por un autobús o un taxi. Hace mucho calor, cosa esta muy normal en verano, pero como siempre es la humedad lo que realmente agobia. No he salido en toda la mañana. Tampoco sé qué voy a comer, no he preparado nada y me espanta la sola idea de entrar en la cocina. Lo cierto es que ni siquiera tengo hambre, sólo ganas de beber y beber y beber; en estos momentos mi estómago es un embalse a punto de desbordarse. He pensado en leer y escuchar música, pero una vez instalada en la terraza no he conseguido concentrarme. Apagón, un gran apagón es lo que me produce este tiempo asesino. 



En días como éste lo más sensato es conceder absoluto albedrío a los ojos. Son nuestras alas. Si en algún momento la naturaleza decidió negárnoslas, hay que reconocer que fuimos largamente compensados con la mirada. Desde mi tumbona he visto cómo espejea el Mediterráneo bajo un cielo que poco a poco se enturbiaba huérfano de gaviotas y de viento. En cambio, el mar jamás está solo. Tiene la vida frondosa de las plantas y los oscuros latidos de los peces, un hervidero de existencias que siempre existieron y que guardan el inviolable recuerdo de la nuestra. 

Los domingos suele haber mucho tráfico de veleros. Me encantaría navegar a bordo de esas estilizadas embarcaciones. En Donosti, cuando llegaba el verano, solíamos cruzar a la isla en las grandes motoras que te dejaban los oídos hechos cisco con el estruendo del motor. De San Juan también se volvía en motora, algo más pequeña, cubierta, menos ruidosa. Ahí se terminan mis experiencias náuticas. Por eso, para elevar el listón, ¡y de qué manera!, mi sueño desde que vivo pegadita al mar es subirme a la nave seguramente más antigua del mundo, el velero, y poner proa al horizonte para remontar las grandes olas sintiendo en el careto el beso ancestral del viento.

No sé nadar, pero qué importa, si hay que morir, ¿acaso no es mejor hacerlo donde hemos nacido? Debe de ser como regresar de todas las tormentas para volver a ser lo que un día fuimos cuando se inventaba la vida, un soplo, un esbozo, casi nada y todo.

6 comentarios:

María Socorro Luis dijo...


Cuanta poesía en tu texto, Mertxe...

Descubro que tenemos otro amor en común: los veleros...

Hace años, en Donosti, cuando los chicos aún eran niños y éramos una familia feliz, teníamos un pequeño velero...Ahora los veo como sueños alados de libertad...

Gracias, Mertxe, por esta dulce emoción que he sentido al leerte.
Ya ves.

Te quiero. Un abrazo.

Mertxe dijo...

Me alegra tenerte por aquí, amiga mía, no sabes cuánto.

El Aviador Capotado dijo...

“Si jeunesse savait, si vieillesse pouvait”

http://youtu.be/Mnn8BHkoGJg

Un beso

Mertxe dijo...

GGracias, Aviadorcito.

El Aviador Capotado dijo...

Espero bailar contigo esta preciosa canción Checa algún día. Se titula Svítá, la traducción sería más o menos "se hace la luz".

http://youtu.be/pfzFxCp8Rp4

Este es para mí un estío muy tranquilo y melancólico. Mi tierra está como la dejé hace años y este verano, salvo en Pinofranqueado la cosa está tranquila, apenas se producen conatos de incendios forestales. Volar, leer, pensar, soñar con aquella hermosa mujer de este lugar que conocí hace diez años que ya no está ni volverá. Por las noches al baile.
http://youtu.be/BNlnxu8Q1Hg
Este video es de aquel año. No había vuelto desde entonces.
Un beso

Glo dijo...

Yo he pasado unos días a unos 100 Km de la costa. Un lugar ambiguo en el que nadie se detiene.