martes, 5 de febrero de 2013

De profundis...

por los que se inician, a veces por aventura, a veces por amargura, en el laberinto de la droga. 


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    Volvió de madrugada. Extraordinariamente cansado, enfermo hasta el paroxismo anhelaba el momento de refugiarse en su cuarto y, no obstante, aún se tomó el tiempo de adoptar las precauciones de siempre para evitar el menor ruido delator de su presencia. Entró furtivamente, midiendo las paredes con los hombros, intentando que sus pies gravitaran con levedad sobre la madera. Sabía que aquel rito doméstico no era sino una más de las muchas incongruencias que venía cometiendo desde hacía meses. Pero era incapaz de sustraerse. De ignotos rincones del subconsciente algo le instaba a pagar por la tragedia que estaba acarreando a su familia que nunca se dormía hasta que él lo hiciera y que, aun así, sólo se permitían un duermevela nervioso y alerta. Ya en la habitación, el lecho fue su refugio y lentamente se fue haciendo la quietud en su cabeza, el magma de sus pensamientos decreció y algo parecido a una ceniza cubrió su cerebro. Finalmente, se apagaron también las vocecillas insidiosas que desde hacía horas le susurraban la solución a todos sus problemas.
    Tirano enloquecido hasta entonces, su cerebro se tomaba un descanso y desde el puente de la cordura volvía a ser el capitán que recupera la nave. Recogía impresiones, las analizaba, devolviendo precisas órdenes de reposo a su cuerpo. Notó cómo sus músculos se aflojaban, se deshacían y se tornaban aire, y una profunda sensación de bienestar, tan perfecta como inesperada, le embargó mientras se sentía flotar entre dos mundos contrapuestos. En la antesala que precede a la inconsciencia de sueño tuvo tiempo para recrear en su cabeza imágenes de las horas felices. Se vio niño entre otros niños, reidor y travieso gozando de la existencia plenamente. Risueños fantasmas bullían tras sus ojos cerrados, era el tiempo del ayer que volvía para reconfortar su alma vieja y enferma. En esta euforia sentimental sobrevenida al filo de los sueños, él se internaba confiado al encuentro de escenas por donde pululaban en abigarrada amalgama personajes del ayer y del presente que le hablaban y le acariciaba, que le sonreían y amaban.
    Pero la moviola de su cerebro acabó por detenerse. Volvió la noche, pizarra negra en la que un duende se puso a escribir complicados guarismos de soledad. Entonces se sumió en un vértigo de vacíos que se multiplicaban, ahuecando su espíritu, diseminándolo en la oscuridad. Finalmente, se vio ante el enemigo. Sabía quién era pero no se atrevió a nombrarlo. Y llegó un amanecer plagado de funestos augurios que se cernieron sobre él como un areópago justiciero. Abrió los ojos y de un salto quedó fuera de la cama. Sus manos escarbaron desesperadamente en los bolsillos del pantalón hasta que al fin encontró lo que buscaban. Comenzó a temblar violentamente. Temblaba de impaciencia. Temblaba de miedo.
    Todo ocurrió en un instante. Su piel no dijo nada, apenas notó la punzada, y enseguida se fue durmiendo blandamente, como se duerme un río en los recodos, y sintió que discurría por un cauce sollozante y manso. Por sus arterias -cauces estos clamorosos- nadaban en zigzag los peces de amargura. Soñó, tuvo multitud de sueños breves y enigmáticos, como de bruma lechosa, por los que vagó a tientas queriendo encontrar una salida. El último sueño se la ofreció.
    Soñaba que el invierno había regresado, pero lo intuía diferente a todos los que había conocido su vida. Éste llegaba imbricado en otros inviernos, y la suma de todo aquel frío conformaba un monstruo terrible dispuesto a lamerle con sus lenguas de escarcha. Y como los sueños tienen además de discurso un escenario, él se encontró en medio de un parque habitado por las sombras. Él mismo era una sombra errando por inacabables avenidas cubiertas de una hojarasca helada. A medida que avanzaba se iba distanciando como piedra fastial de su cuerpo, y orbitaba su espíritu  vigilante en torno a la carne desmoronada.
    [Desde lo más profundo te invoco, oh Esperanza...
    Era como un Ícaro extraviado y atrapado en un laberinto de resonancias. Todavía no reconocía la salida a la que ya había llegado, todavía luchaba desalado y huérfano por la libertad. Pero la lid era mansa, puro amago, porque carecía de brazos que armar y de padre que lo ayudara. De vez en cuando, algo le hacía remontarse en un vano intento de evasión, pero enseguida rebotaba contra el infranqueable encaje de madera muerta que los árboles recortaban contra un cielo remoto y oxidado. El viento también era rehén del sórdido arabesco y se vengaba zarandeando su breve vuelo.
    [Escucha, Esperanza, mi voz...]
    Por las resecas planicies de su ser la ansiedad abría grietas abismales. Presa definitiva del Desaliento y del Miedo, maldijo quedamente al padre ausente. Oyó distante el latido de una campana llamando a Sol.
    [Estén tus oídos atentos a la voz de mi plegaria...]
    Su Minotauro estaba ya muy cerca, casi a punto de devorarle.
    [Si tienes en cuenta los pecados, oh Esperanza, Esperanza...]
    Y la esperanza entreabrió su densa verja de sombra, le hizo un guiño compasivo y él entró para vivir por fin o para olvidar definitivamente. Sobre la cama quedó tendida su juventud envenenada por el pico todavía babeante de un pájaro cilíndrico y turbio.




4 comentarios:

Nómada planetario dijo...

No entiendo como hay gente que se deja llevar por la droga, como si carecieran de timón en medio de una tormenta.
Besos al calor de unos leños de olivo.

Mertxe dijo...

Es difícil una explicación, somos muy complicados, muy impredecibles.

María Socorro Luis dijo...


Tremendo.

Hace unos años sufrí la experiencia dolorosa de ver caer a verios chicos que habían sido mis alumnos. Alguno, amigo de mis hijos.

Gabon, querida Mertxe.

Mertxe dijo...

Egun on, Soco maitea.