sábado, 29 de diciembre de 2012

¿Feroz 2013?






Deseo que este nuevo año que comienza y que, ¡ay!,  acaba en un par de agoreros dígitos no sea peor que el anterior, que pase a su debido tiempo, sin hacernos mucha pupa ni querernos demasiado, sin mirarnos a los ojos, sin sacarnos de paseo, que nos deje tranquilos a ratitos para que podamos comernos en paz las proustianas magdalenas y, de paso, reunir energías suficientes para la batalla contra todo que ha de llegar tarde o temprano.

El espíritu rebelde de don Miguel de Unamuno acabará empapando nuestras adormecidas conciencias, despertaremos, despertaremos uno de estos días y entonces se va a enterar de lo que vale un peine esta sociedad de ricos contra pobres. Esta charca infecta que amenaza nuestra integridad moral en algún momento tendrá que retroceder y para ello bastará con que la gente despliegue su sentido crítico y eleve su voz   recriminadora en medio de la tormenta inacabable de la corrupción. Nada es casual en la vida, todo tiene un principio, unos cimientos, una causa. Nos engañan, nos roban y nos matan. Los políticos con sus programas electorales, los políticos con sus impuestos abusivos, los políticos lucrándose con macrofiestas. Malditos políticos que hacen la vista gorda ante los banqueros. Malditos porque se dan la vida padre a nuestra costa. Malditos porque no hacen el trabajo que tan bien les pagamos. Si alguna vez nos decidimos por fin a no secundar la codicia y la estafa, si dejamos las urnas para cuando haya democracia, ya estaremos en el camino de mejorar nuestra vida. Hasta entonces, hermanos, hermanas, animales domésticos o no, sobrellevemos el 2013.






martes, 25 de diciembre de 2012

De nuevo Navidad



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El año se me ha ido en un abrir y cerrar de ojos. Reconozco que en mi vida el tiempo ha tomado ya un galope desenfrenado, así lo percibo y soporto, y así también comprendo su tarea aunque ignore su naturaleza. Como le ocurría a San Agustín, yo no sabría explicar el tiempo, por más que yo sea tiempo, que todo es tiempo a mi alrededor. Mi esencia lo vive como una desgracia; en cuanto a mi naturaleza ya he dicho que lo acata e intenta darle un significado, algo que justifique el dolor que produce. Finalmente, como carezco de fuentes teológicas que me resuelvan ese último punto, no dispongo del puerto último que la religión llama eternidad y que, según nos dice, sirve para que nuestra alma desgarrada en tantos temporales recale y descanse hasta que suene la trompeta del Juicio y entonces la envíen al desguace por haber sido mala, o al Paraíso por todo lo contrario. No lo tengo en mi razón, ni me cuadra con lo que veo ni se ajusta con lo que intuyo. Si comulgara con el dogma de la eternidad, todas las teorías que hoy nos permiten vivir con cierta dignidad quedarían pulverizadas y volvería la oscuridad.
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Pero no me estoy quejando, sé que en todo caso discurro hacia el misterio del que salí, y lo hago emocionada por el privilegio de haber conocido el mundo con los ojos de la mente lo suficientemente abiertos como para tener conciencia de mi existencia. Creo firmemente que he tenido mucha suerte, porque ser árbol no me hubiera gustado, los queman cada dos por tres; tampoco ser animal, los hombres tienen la manía de sacrificarlos a los dioses y, como el resto de los animales, a su estómago; ser piedra o gota de agua, mucho menos. La vida después del chimpancé es infinitamente mejor a todo lo demás, a pesar del mal tiempo. A pesar de que, con frecuencia, cueste trabajo creer que aquella evolución que nos sacó del valle del Rift se haya producido. Pero, en fin, aquí estamos con nuestros vicios y virtudes, los unos buscando lejos del mito, los otros atrapados por él; y luego están los que no saben-no contestan. De todo hay entre la molécula (en un decir genérico:) inteligente.
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Estoy contenta, dentro de los límites en que ese sentimiento puede a estas alturas verificarse en mí, y desde luego muy orgullosa de eso que llaman atómica conexión con el universo, biológica conexión con el resto de los seres vivos y química conexión con la tierra. Me siento un milagro dentro del milagro del universo y, por tanto, si vine de las estrellas, es justo y necesario que a ellas vuelva. El reciclaje es ley fundamental de la creación.
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De nuevo Navidad, pues feliz Navidad.





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viernes, 7 de diciembre de 2012


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La hirieron las rocas y el roce contra la arena, Estaba enferma y buscó refugio en la bahía. Agonizó largamente frente a la playa hasta que la debilidad la dejó sin fuerzas y las olas la depositaron en la orilla. Movió la cola en sus estertores y después, a una hora cualquiera de su vida, las 11:50 de la mañana dijeron los hombres, se murió del todo. Por la noche se la llevaron en un camión. Su ancha cola fue barriendo la calzada camino del Aquarium. Medía 16.6 metros y su peso estaba entre 8 y 10 toneladas, parece ser que no llegaba ni a la mitad de lo que tenía que pesar. Ahora espera que se decida su enterramiento o bien el traslado al Museo del Calamar Gigante de Luarca (Asturias).

Debió de ser un espectáculo su agonía y muerte. La gigantesca criatura vencida sobre la arena, para siempre desposeída de todos los océanos. Es una vieja conocida, la hemos visto tragándose a Jonás, a inocentes navegantes, a Pinocho, casi al capitán Ahab (se le llevó una pierna)... La hemos visto representando a Leviatán, nuestro demonio de cabecera que intenta llevársenos metamorfoseado en el inmenso animal que surge de las aguas en donde la humanidad se debate frenéticamente para no ser devorada. 


Ahí está ese cuerpo acharolado y hermoso. La gente lo mira dividida entre la fascinación y un miedo antiguo y literario. Es una extraña relación la que nos une a estos animales que hemos adorado y también odiado y cazado de manera inmisericorde. Los hemos convertido en el Mal y a la vez en la más tierna inocencia. ¿Quién lo entiende? Sé que a muchos se les encogió el corazón, lo mismo que a mí cuando vi el primer vídeo del cetáceo forcejando con las aguas de la bahía. Una lágrima se habrá escapado de esos ojos emocionados. Philip Hoare, el autor del ensayo Leviatán o la ballenaescribe: "Es difícil no referirse a las ballenas en términos románticos. He visto a hombres adultos romper a llorar al ver su primera ballena. Y aunque es un error antropomorfizar a los animales, sólo por el hecho de que sean grandes o pequeños o monos o inteligentes, es propio de los humanos hacerlo, porque nosotros lo somos y ellos no. Es la única forma de alcanzar a comprenderlos".


Tiene razón, y en estos momentos y como soy de ojo seco, la única forma de llorar por ella es traerme aquí los últimos versos de La ballena azul de Gloria Fuertes:

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Sólo su corazón pesaba
media tonelada.
La ballena azul
estaba enamorada.




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