miércoles, 12 de septiembre de 2012

Nos lo habían presentado en el bachillerato pero empecé a conocerlo más a fondo -con ganas quiero decir- en los días que siguieron a mi cumpleaños de 1965. Un amigo y compañero de trabajo me había  regalado Le Métier de vivre, asegurándome que sólo empezando por su diario íntimo se podía comprender a Cesare Pavese. "Es como el introito obligado para toda su obra", me dijo muy solemne. Joseba adoraba a Pavese. Tenía sus libros siempre a mano, los releía a menudo y a veces nos hablaba de él cuando nuestra cuadrilla se metía en  tertulias por los rincones de alguna tranquila cafetería. No sé de dónde sacó que yo podía seguir sus pasos, cómo pudo  adivinar que también llegaría a entregarme a este escritor, lo cierto es que la mañana de mi cumpleaños, durante un breve escaqueo del trabajo y mientras nos tomábamos un café, me puso en las manos un paquetito: "Cesare y yo te deseamos muchas felicidades". Al regresar a mi mesa no pude resistirme a la tentación de abrir mi regalo. Y allí estaba Le Métier de vivre, un Gallimard editado en 1958, tapas duras, en rústica, pequeño... y muy pero que muy gastado. En un primer momento me sorprendió este detalle pero, conociendo a mi amigo, enseguida me di cuenta de que no sólo deseaba compartir conmigo la excelencia de  una literatura, también se trataba de ponerla en mis manos a través de su posesión más preciada. Aquel libro casi en las últimas había sido el breviario que lo acercaba ritualmente al escritor, y ahora, en un más que generoso gesto de amistad, me lo entregaba a mí. No me atreví a hojearlo más allá de las primeras páginas, no era el lugar apropiado: nada más tocarlo había sentido en mis manos el calor de las manos de mi amigo, y sin duda entre sus hojas habría mucho más. Confieso que me emocioné y tuve que enterrar la cara en el libro de Caja que me disponía a cuadrar. 
....Pero no seguí su consejo. Nunca le dije a Joseba que antes de meterme en harina con el Oficio me fui a buscar aquel pavoroso y bellísimo Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, que tanto me había impresionado en mis tiempos de estudiante. No sé por qué lo hice; tal vez influyera en mí ese aura maldita de los poetas víctimas del destino, que siempre nos cita en su propio terreno. Todavía hoy, aun reconociendo en El oficio de vivir el carácter de hilo conductor de su vida y por tanto de su obra, para mí siempre estará en ese poema la explicación última del escritor.
....A los veinte años, Cesare Pavese puede resultarnos  terriblemente atractivo y en no menor medida inquietante.  El oficio de vivir me dejó una terrible sensación de vacío. No encontré en él ninguna respuesta, todo lo contrario, yo diría que a cada momento saltaba la pregunta angustiada, desesperanzada; a veces la duda como mal menor, pero siempre el mazazo de las acciones ajenas. Parece como si en 1935, fecha del inicio del diario, se hubiera propuesto una biografía autoanalítica, una crónica pormenorizada de sus fracasos. Es un diario del doliente, es la confesión de impotencia y vulnerabilidad de un ser que ya no puede con el mundo porque ni lo entiende ni se siente entendido. Y porque está cansado de querer lo que nunca tendrá. Se rinde finalmente y acaba con su vida un 27 de agosto de 1950. Ocurrió en el cuarto de un hotel de Turín, su ciudad, la ciudad de sus personajes, tras haberse tomado una buena cantidad de somníferos. A su lado estaban los Diálogos con Leucó y entre sus páginas una tarjeta con la siguiente anotación: "Perdono a todos y a todos pido perdón. (…) No murmuren demasiados chismes”.  Ese mismo año le habían concedido el premio Strega por La luna y las fogatas. Era el año que podía haberle lanzado mucho más allá del éxito literario si no hubiera tenido tanta prisa en abandonar un escenario que ya no le atraída. 
....Creo que el oficio de vivir llegó a ser para él algo tan insoportable -"Me veo incapaz, tímido, inseguro, débil, medio loco", había escrito ya en 1927- que se entregó a su vieja obsesión, ese vicio absurdo, la muerte liberadora.




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martes, 11 de septiembre de 2012