sábado, 31 de marzo de 2012

Lo que queremos nos quiere, aunque no quiera querernos...





   Lo dice Salinas en uno de los poemas que conforman Razón de amor. Pero no es cierto, sólo es una ilusión de los sentidos. Todo el mundo sabe que los sentidos se protegen y a tal fin entran en el convencimiento de que sus tempos son los del mundo, que todo sucede a la misma velocidad e intensidad con que ellos se mueven. No se han puesto al día con la realidad heliocéntrica. Claro que tienen una excusa muy comprensible: pretenden creerse a salvo de la intemperie, tener a mano, siempre, siempre, aquello que los conforta y alimenta y da seguridad. Queremos, y entonces queremos pensar que nos quieren.
    No, no es así. Internet, por ejemplo, no me quiere aunque tal vez quiera quererme. Y esto no cambia nada. Lo cierto es que llevo, como diría Rimbaud, una temporada en el infierno. Nada funciona. A veces parece ser la máquina, a veces los programas y otras veces la conexión. Nada funciona, todo va a su aire.
    Igualmente, pudiera ser (hace dos años ya ocurrió y ahora tengo el pálpito de que también ésta va a ser la causa) que en ese registro del recibidor que comparten, estrechísimamente, los cables de la luz y los cables del teléfono se haya vuelto quebrar la paz. El lunes vendrá un electricista (lampista lo llaman por estos pagos) y meterá sus expertos dedos en la cajita de marras. Si se confirman mis sospechas, espero que ponga orden y distancia entre eléctricos tirios y electrónicos troyanos. Paz por territorio. Paz al fin. Lo  deseo ardientemente, porque esto es un sin vivir.
    Pero hay más. Mucho más. Hay la 'sabiduría' de los técnicos de la cosa informática y de la cosa telefónica. Quizás, en todas estas historias para no dormir, esta cosa sea lo peor. Lo más desolador. Ambos convinieron categóricamente y por aclamación, que el problema de que no pudiera conectarme estaba en la clavija  del portátil. Y una, que ya tiene sus escamas, ni se lo creyó ni todo lo contrario. Me quedé cual Puerta de Alcalá viendo pasar el tiempo. El tiempo fueron un par de días, crédito que mi escepticismo concedió a la crisis técnica. Abrí la máquina al despuntar  el tercer día. (Lo del tercer día fue otra concesión bíblica al asunto, después de todo nunca hay que echar en saco roto ninguna posibilidad y había que intentar la resurrección.) No salía el programa. Dos horas después salió. Ante mis ojos estaba el XP (a mi juicio lo mejor que ha hecho Windows) pero seguía sin poder conectarme. Cambié de clavija y... zas... conectadísisma. Sólo necesitaba ya la página del buscador y el Live. Decidí no apagar la máquina y, por la tarde, acercándome a ella cautelosamente, cogí por sorpresa al explorador, cliquçe enérciamente y... zas bis... allí tenía, radiante, llenando toda la pantalla, a mi amado Google. conseguir el Live fue un abrir de ojos. Y ya está. Ya está. Vuelvo a tener ordenador.
    Confieso que me hubiera comprado otro. De hecho, todavía lo considero porque, naturalmente, este ya tiene una edad, póbrecito, y varias intervenciones quirúrgicas. Ha triunfado sobre su tiempo, que eso que llaman obsolencia. Pero resulta que los equipos de ahora ya no admiten mi conexión, Dúo Internet + llamadas a fijos, 22 € al mes más IVA. Ahora se impone la banda ancha. Ahora se impone pagar 48 € al mes, más la línea individual, más el alquiler del teléfono. O sea. Pues no, no me da la gana dejarme robar por ninguna compañía telefónica. No en esas cuantías quiero decir. Confieso también que, en plena desesperación tras el dictamente de los técnicos, pensé en el 'pincho' de los 19,90 € más IVA y 500 megas de velocidad de descarga. Pero me quedaba sin las llamadas a fijos y, encima, con la amenaza de un fallo masivo en mi ordenador. ¿Qué hacer? El técnico de cabecera de la máquina me prometió buscarme algún modelo descatalogado. No pudo. Ya no quedan. Los han debido de mandar al cuarto mundo (nosotros somos el tercero ahora) junto con las medicinas también descatalogadas y demás sobras impresentables.
    Pues nada, que aquí estoy de nuevo. No sé por cuánto tiempo. A lo mejor todo se resuelve el lunes y, desde luego, con esa instalación de actualizaciones que no cesa y que debían estar atascadas en algún lugar del disco duro de mi máquina. A lo mejor. De momento mi máquina y yo seguimos siendo una unidad de destino en lo universal. Clavija arriba, clavija abajo. Presiento que nos querremos hasta el final, aunque no queramos querernos.





Nota.- ¡Qué felices eran nuestras mega-abuelas! Ellas sólo se conectaban a la aguja, el hardware más fiable de cuantos se han inventado. Lo mismo que la abuela... ¿o es que alguien cree que puede existir un sotware mejor?  Recuerdo cómo descargaban sobre la familia una cascada de mantelerías, cortinas, tapetes, vestiditos para los nietos... Hasta el cesto del perro tenía un vistoso cojín de ganchillo.


jueves, 15 de marzo de 2012

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Yo sé que el hombre no morirá en el recuerdo de los hombres mientras el sol alumbre las pirámides. Yo sé que ante ellas detiene la catástrofe sus tropas, se declara impotente la derrota y hasta el tiempo muere de cansancio. Porque está escrito desde el siglo más remoto que el Tiempo es el gran terror del hombre. Pero el Tiempo sólo teme a las pirámides.
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¿Por qué su eternidad no nos protege de las diosas de la eterna pesadilla? ¿Por qué no apaga esas hogueras si ya sólo iluminan la derrota? ¿Por qué no anula los arcos triunfales si sólo reciben a las Parcas?
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Míralas, ciudad mortificada, míralas, que se acercan por los cielos, como plagas nefastas, impías agoreras, precediendo un cortejo de cadáveres. Llegan sobre buitres sedientos de sangre coagulada; cabalgan hambrientas de carroña, aspirando el perfume de las vísceras que se pudren en las avenidas y emponzoñan las auras de los parques.
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Por esto yo te digo, Alejandría:
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Escucha mi canto funerario. Atiende a la aflicción que en las almas despierta tu caída. Oye el quebranto de tus enamorados y el alarido de tus multitudes. Y dame el ímpetu de un sueño de poeta para que pueda yo cantar tanto infortunio. Hazme, ciudad, el poeta oficial de la catástrofe. El celador de los sueños derrumbados.
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Pero sé que todo cuanto escriba fue escrito antes de ahora. Yo sé que cuanto sueñe ha sido soñado en otro tiempo:

Porque es cierto que ya no quedan sueños,
todos los sueños han sido ya soñados.

Y sin embargo canto en este coro, igual que en el primero de los sueños, igual que en el primer escrito, como en la más antigua de las inspiraciones. Canto la muerte de los reyes, lloro el abandono de los dioses, grito por la derrota del amor. Y así te pido, oh dueña de las desolaciones, que impongas a mi voz acentos trégicos y nueva inspiración a mi ternura. Instrúyeme en el arte del lamento, adiéstrame en la lírica del luto, hazme experto en la industria del clamor. Inspira novedad a mis palabras. Que al llorar la destrucción de Alejandría soy plagiario del lamento de otros dramas, deudor de cuantas plañiderasya cantaron en otras ceremonias de la muerte, en las celebraciones de la desolación...

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Fragmento del PRÓLOGO A LA CAÍDA DE ALEJANDRÍA (LAMENTO)


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sábado, 10 de marzo de 2012


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Recordemos...
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"Madrid, 11 de marzo de 2004, 7.37 horas. Una bomba explota en un cercanías en la estación de Atocha. Apenas un minuto después se producen otras dos explosiones en el mismo tren. El caos y el desconcierto invaden los andenes y escaleras mecánicas de la terminal. Son las 7.38 cuando explotan otras dos bombas en un convoy en la estación de El Pozo y otra en Santa Eugenia. A las 7.39, cuatro explosiones más destrozan otro tren a 500 metros de Atocha. En apenas tres minutos, 10 bombas reescriben la Historia: Madrid acaba de sufrir el mayor atentado terrorista perpetrado jamás en España. 191 muertos y más de 1.500 heridos hacen imposible olvidarlo." elmundo.es
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No debemos olvidar esta tragedia. Nunca. Nunca. Y ese día (que llegará) cuando salga a la luz quien de verdad lo hizo, será el más triste que haya vivido nuestra sociedad. Porque se habrán confirmado las sospechas de muchos. Y porque nos habrán matado a todos esta vez.
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Pero no hay otro camino que la verdad. Jamás podremos reconstruir Roma si nos arropamos en sus cenizas. (¿Quo vadis...?)
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Quo vadis, España, si te niegas a saber.
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lunes, 5 de marzo de 2012

De la Introducción a la novela


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He nacido en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872, en la casa número 6 de la calle de Oquendo, casa que había construido mi abuela, doña Concepción Zornoza. El recuerdo más antiguo de mi vida es el intento de bombardeo de San Sebastián por los carlistas. Este recuerdo es muy borroso, y lo poco visto por mí se mezcla con lo oído [...] También tengo una idea confusa de la vuelta de unos soldados en camillas y de haber mirado por encima de una tapia un cementerio pequeño, próximo, en donde había muertos sin enterrar con uniformes rotos y podridos. De San Sebastián fuimos a Madrid, creo que por el año 1879 [...] En 1881, de Madrid nos marchamos a Pamplona. [...] De la vida infantil en Pamplona he hablado en dos novelas: en La sensualidad pervertida, libro en gran parte autobiográfico, con muchas cosas disfrazadas y cambiadas, y en Silvestre Paradox [...] En la calle Nueva, en el piso de al lado, vivía una familia formada por dos señoras: una de ellas con dos hijos, y la otra, una viuda [...] Esta señora comenzó a venir [...] a hacer tertulia a nuestra casa, y solía contar muchas historias de la época de la guerra carlista, que eran bastante interesantes y pintorescas [...] Algunas, a pesar de recordarlas muy vagamente, me sirvieron para las Memorias de un hombre de acción, transportándolas de la segunda a la primera guerra civil [...] A los cuatro o cinco años de estancia dejé Pamplona. No llegué a tener esas amistades comenzadas de niño, creadas lentamente, y que, a veces, pueden resistir las diferencias de temperamento y de ideas que se manifiestan después con la edad. Al cambiar del sitio donde se vive, sobre todo en la infancia, se cambia también de amigos. Todo ello, con los años, va empujando al aislamiento y se tiende a sentirse entre la gente un solitario.


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PÍO BAROJA
Zalacain el aventurero
Edición RICARDO SANABRE
COLECCIÓN AUSTRAL

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