sábado, 25 de febrero de 2012

Días de 1896 (1927)



Su degradación era total.                                Su tendencia amorosa
prohibida,                                                             severamente despreciada
(aunque innata)                                                   por todos.
Extremadamente puritana                               era la comunidad.
Poco a poco perdió                                            su escasa fortuna;
su posición después,                                        y por último su reputación.
Casi treinta años tenía                                      y no había completado
ni uno en el mismo trabajo,                              o al menos así se decía.
A veces ganaba su vida                                    en ocupaciones
y actividades                                                       consideradas vergonzosas.
Llegó a ser un sujeto tal                                   que sólo con tratarlo
podía uno                                                              quedar en entredicho.

Pero no sólo eso ha de considerarse;          no sería justo.
Es preciso                                                            mencionar su belleza.
Otra perspectiva nos lo entrega                    en mejor lugar,
en una situación más noble;                           hasta revelarnos
a un hijo del amor,                   pues él puso sin duda más alto que su honor,
y más alto que su reputación,                        la excitación
del puro goce de la carne,                               la pura voluptuosidad.

¿La reputación?                                                 Puritana y severa,
la comunidad                                        hacía sus estúpidos comentarios.




KONSTATINO KAVAFIS
Poesías completas
(Traducción de José María Álvarez)
Editora: Orbis-Fabbri





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Casi todos sus traductores especulan con este agrio poema. ¿Lo inspiró el recuerdo de su hermano Paolo? ¿O fue una especie de autorretrato? Nunca lo sabremos, pero qué puede importar si a fin de cuentas hubiera valido para ambos. El resto de sus Días siguen planteándonos la misma duda, aunque precisen edades, aunque parezca definitiva la identidad, sin embargo, todo será un mero artificio, nada que no pueda ser trasladable fielmente de una carne a otra.

Cavafis... Cavafis secreto, enervantemente oscuro. Cavafis recogido sobre sí mismo. Cavafis solitario y callado, meditando por las calles de Alejandría, buscándose lejos.

Cavafis... Cavafis introduciendo el pasado en el futuro para identificar a los tiranos. En realidad, un único tirano repetido constantemente a lo largo de los tiempos. El tirano tiene tres rostros esenciales: el político, el religioso y el moral. El oprimido también es el mismo. Pero éste sólo tiene una cara, una única expresión, siempre el mismo llanto.

Cavafis... Cavafis enfermo, próximo a la muerte, sigue paseando por Alejandría mientras el recuerdo de la ciudad que verdaderamente amó, aquella Estambul de sus años jóvenes, se coge de su brazo para iluminar las sombras por las que ambos se internan. No es Alejandría la esencia de Cavafis, no, no, es Estambul, la magnífica y radiante Estambul que vivirá en su corazón hasta el último instante de su vida.


lunes, 13 de febrero de 2012

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Aunque la busqué muchas veces, al final tuve que admitir que no existía cura para París. En parte fue por la guerra. El mundo ya había terminado una vez y podía volver a hacerlo en cualquier momento. La guerra había llegado y nos cambió al estallar cuando todos decían que no era posible. Nadie sabía cuántos habían muerto, pero cuando oías las cifras -nueve o catorce millones- pensabas: imposible. París estaba lleno de espectros y heridos que andaban. Muchos volvieron a Ruán o a Oak Park, Illinois, acribillados y cargando con pequeños trozos de lo que habían visto detrás de sus rótulas, llenos de uno vacío del que nunca se podrían desprender. Habían cargado con cuerpos  en camillas, pasado por encima de otros cuerpos  para hacerlo; habían estado ellos mismos en camillas, en trenes muy lentos llenos de moscas y de la voz indecisa de alguno que decía a la chica que tenía allá en casa que quería que le recordasen.
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Ya no se volvía a casa, no en el sentido esencial, y eso también era parte de París. No podíamos dejar de beber ni de hablar ni de besar a las personas inadecuadas sin importar los estragos que eso causara. Algunos habíamos mirado las caras de los muertos y tratábamos de no recordar nada especial. Ernest era uno de ésos. Muchas veces decía que él había muerto en la guerra, sólo durante un momento; que su alma había dejado su cuerpo como un pañuelo de seda, delizándose y levitando por encima de su pecho. Había vuelto sin que la llamasen, y muchas veces me he preguntado si para él escribir era un modo de saber que, a fin de cuentas, su alma estaba allí, otra vez en su sitio. De decirse a sí mismo, si no a cualquier otro, que había visto lo que había visto y sentido aquellas cosas terribles, y aun así seguía vivo. Que había muerto pero ya no estaba muerto.
Una de las mejores cosas de París fue volver después de que nos hubiéramos ido. En 1923 nos marchamos a Toronto a pasar un año y tener a nuestro hijo, Bumby, y cuando regresamos todo era lo mismo pero en cierto modo más. Estaba mugriento y magnífico, lleno de ratas y castaños de indias florecidos y poesía. Con el bebé nuestras necesidades parecieron duplicarse y teníamos menos dinero. Pound nos ayudó a encontrar un apartamento en el segundo piso de un edificio enlucido de blanco de una calle estrecha en curva cercana a los jardines de Luxemburgo. La casa no tenía agua caliente, ni bañera, ni luz eléctrica, pero no era el peor sitio en que habíamos vivido. Ni por asomo. Al otro lado del patio una serrería chirriaba sin parar desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, y siempre había un olor a madera recién cortada, y el serrín se colaba por debajo de los marcos de las ventanas y las puertas y se nos metía en la ropa, haciéndonos toser. Dentro, estaba el constante sonido de la Corona de Ernest en el cuarto pequeño de arriba. Estaba trabajando en sus relatos -siempre había relatos y apuntes que escribir-, pero también en una nueva novela sobre la fiesta de Pamplona que había empezado por el verano...
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(Fragmento del Prólogo)


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jueves, 2 de febrero de 2012

Joal-Fadiouth





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Joal-Fadiouth, a 35 km al sur de M'bour (capital de la Petite-Côte) y 115 de Dakar (capital de Senegal), surgió en 1996 del agrupamiento  de tres pueblos sereres: Joal, Fadiouth y Ngazobil. Esta joven comunidad tiene 5.000 ha y alrededor de 35.000 habitantes. Joal se extiende por una península arenosa entre el manglar y el bosque de Ngazobil. Fadiouth es una isla también conocida como Isla de las Conchas.

Joal-Fadiouth es actualmente la primera zona de pesca artesanal en razón del número de productos  halieuticos desembarcados, nada menos que una tercera parte de la producción global del país. La agricultura (arroz, mijo, niébé [pequeñas judías], cacahuete) también tiene allí su protagonismo, a pesar de que el agua salada haya convertido en incultivable mucha tierra.


Joal es la ciudad donde nació Léopold Sédar Senghor, poeta y padre de la independencia senegalesa. La casa familiar, restaurada en 2010, se ha transformado en el museo Diogoye Basile Senghor. Este edificio lleva el nombre del padre de Léopold Sédar Senghor, y en él se exponen objetos y herramientas típicos de la cultura serere, amén de una exposición que cuenta su recorrido político.


A la isla de Fadiouth se accede a pie por un puente de madera de 600 m que salva el brazo de mar Mama Nguedj. La isla tiene 800 m de largo y alrededor de 10.000 habitantes de mayoría serere y cristiana. ¿Y por qué la llaman Isla de las conchas? Aquí parecen tener fundamento antiguas historias repetidas por los más viejos del pueblo, que atribuyen el nacimiento de la isla a la acumulación de los desechos de los moluscos que pescaban las mujeres del lugar. Capas y capas de conchas centenarias forman el crujiente suelo de la isla, a la cual, en tiempo soleado, es mejor ir provisto de gafas oscuras. Pero, en realidad, se trata de dos islas, ya que, junto a Fadiouth, está esa otra íntegramente consagrada a albergar los cuerpos de cristianos y musulmanes. A penas 9 m de altura la destacan del mar, unida a Joal por un segundo puente. Es una colina (también formada por conchas) convertida en cementerio marino, en donde los cuerpos de cristianos y musulmanes reposan para siempre muy cerquita los unos de los otros.


Ambas están rodeadas de brazos de mar, mangles, y otras islas minúsculas en medio de los manglares.












Léopold Sédar Senghor




Poeta de lengua francesa, ha publicado :
• Chants d'Ombre (1945)
• Hosties Noires (1948)
• Anthologie de la nouvelle poésie nègre et malgache (1948)
• Langage et poésie négro-africaine (1954)
• Ethiopiques (1956)
• Nocturnes (1961)
• Élégie majeures (1979)





        De Chants d'ombre.... 

«Joal !
Je me rappelle ;
Je me rappelle les
Signares à l'ombre verte des vérandas.
Les Signares aux yeux surréels comme un clair de lune sur la grève.
Je me rappelle les fastes du couchant.
Où Koumba N'Dofène voulait faire tailler son manteau royal ;
Je me rappelle les festins funèbres fumant du sang des troupeaux égorgés.
Du bruit des querelles, des rhapsodies des griots.
Je me rappelle les voix païennes rythmant le Tantum Ergo.
Et les processions et les palmes et les arcs de triomphe ....
».

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"¡Joal!
Recuerdo;
Recuerdo a las Signares a la sombra verde de las verandas.
Las Signares de ojos surreales como un claro de luna sobre la playa.
Recuerdos los fastos de la puesta de sol.
En los que Koumba N'Dofène quería que le cortaran su manto real;
Recuerdos los festines fúnebres, humeantes de la sangre de los rebaños degollados.
Del ruido de las peleas, de las rapsodias de los griots.
Recuerdo las voces paganas al ritmo del Tantum Ergo.
Y las procesiones y las palmas y los arcos de triunfo..."
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