martes, 26 de junio de 2012




      A veces un no niega
más de lo que quería, se hace múltiple.
Se dice "no, no iré"
y se destejen infinitas tramas
tejidas por los síes lentamente,
se niegan las promesas que no nos hizo nadie
sino nosotros mismos, al oído.
Cada minuto breve rehusado
-¿eran quince, eran treinta?-
se dilata en sinfines, se hace siglos,
y un "no, esta noche no"
puede negar la eternidad de noches,
la pura eternidad.
¡Qué difícil saber adónde hiere
un no! Inocentemente
sale de labios puros un no puro;
 sin mancha ni querencia
de herir, va por el aire.
Pero el aire está lleno
de esperanzas en vuelo, las encuentra
y las traspasa por las alas tiernas
su inmensa fuerza ciega, sin querer,
y las deja sin vida y va a clavarse
en ese techo azul que nos pintamos
y abre una grieta allí.
O allí rebota
y su herir acerado
vuelve camino atrás y le desgarra
el pecho al mismo pecho que lo dijo.
Un no da miedo. Hay que dejarlo siempre
al borde de los labios y dudarlo.
O decirlo tan suavemente
que le llegue
al que no lo esperaba
con un sonar de "sí",
aunque no dijo sí quien lo decía.










Lo que queremos nos quiere,
aunque no quiera querernos...














2 comentarios:

María Socorro Luis dijo...

Un no que suene a un si...

Y es que el poeta miente casi siempre.

Abrazo, linda

Mertxe dijo...

Hummmm... (un no suavizado).