martes, 5 de junio de 2012

Días de 1993




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La víspera dijimos de venir disfrazadas de currelas.
Estábamos en el INEM y parecía lo más apropiado.
Luego vimos que no, que aquello fue un despropósito.
Una ofensa. Sentarse al ordenador con un parado de larga
duración al otro lado de la mesa
preguntándonos
si le quedaban
más subisidios para seguir rodando, un trabajo
de lo que fuera,
algo en qué ocupar sus manos y su estómago.
Tú, con boina y bigote y una bata de técnico de la construcción.
Él, con los ojos hundidos y la boca
apretada. No, no fue una buena idea.
Me picaba mucho el bigote y me lo puse en las cejas, buscaba
su perdón pero no conseguí ablandarle, siguió mirándome,
mirándonos a todos los enchufados, nos fusilaba
con aquella mirada entre rabiosa
y resignada. Después se fue y llegó otro más joven.
Le dio por reírse abiertamente, creo que, en el fondo, sentía
lo mismo que el de larga duración. Al final
de la jornada nos hicimos una foto. Con la jefa de la oficina
y los dos versos sueltos que, o no entendieron la consigna
de unificar disfraces, o tal vez lo entendieron demasiado
y entonces se pasaron al de las marujas que se van a la cama,
con sus rulos, cremas, y batita, camisón y conciencia en rosa palo,
muy propias, muy lejos
del escarnio que los demás perpetraríamos.
Hoy las recuerdo como heroínas: vinieron así desde su casa.
En el tren debió de ser un espectáculo. Nosotros, en cambio,
nos vestimos para el ridículo (lo hicimos) allí mismo, ahora
sospecho que todas las sonrisas,
todas las miradas que nos acompañaron
fueron, en realidad, de amarga
conmiseración,
teníamos trabajo,
es
cierto,
pero no teníamos
piedad.

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