lunes, 28 de mayo de 2012



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    Yo estoy en la primera foto, al fondo a la derecha, ofreciendo tabaco. Entonces fumábamos todos, como carreteros; eran los tiempos en que nuestro mundo se derrumbaba sigilosamente. Celébramos cualquier cosa, porque cualquier cosa nos servía para cogernos de la mano en la catábasis. Cada reunión, casi siempre gastronómica, era una excusa para evadirnos de la realidad. Aquélla era otra crisis. Mejor dicho: otra cara de la sempiterna crisis. La segunda del petróleo, nos dijeron. Ambas mundiales pero, como siempre, especialmente crueles para España, patria del paro endémico. Se iniciaban los ochenta y la movida social se había generalizado. A puñados se cerraban las empresas. Cientos, miles de personas perdieron su trabajo y el sosiego; el sosieg, que es a la gente de cierta edad lo que el agua a los peces. Aquella noche, en un restaurante de cuyo nombre no me acuerdo, en una población de la que tampoco me ha quedado constancia nominal, cenamos como reyes, y a los postres, haciendo de presentadora, GC (invisible detrás de la tele de cartón, de la que tuvo que sacar la cabeza porque se ahogaba) leía unas estrambóticas noticias referidas a la empresa en la que estábamos a punto de dejar de trabajar. Nos íbamos al fondo y era asunto primordial morir riendo. Luego, ME se puso un bigote y empezó a cantar una jota. No sé si intentaba parecerse a alguien en concreto o, sencillamente, le estaba dando a su interpretación un aire decimonónico. A saber. Lo cierto es que la  noche ofrecía infinitas posibilidades. No así el futuro. MC, o sea, yo, estaba muy mosca al respecto.
    
Treinta y dos años después aquel futuro ya está muerto y enterrado. Ahora transitamos de nuevo por la crisis, también mundial pero, como de costumbre, cebándose encarnizadamente con España. Aquí, el paro ya es nuestra primera piel. Y hasta la segunda. Pronto será nuestro ADN. Ayer tuvimos una moneda que devaluar, unos ajustes económicos posibles. Un futuro a trancas y barrancas, pero futuro -camino- al fin. Hoy no somos nadie. Otros piensan por nosotros, nos vigilan, nos tutelan, sus manos están entre nuestro cuello y el collar que nos ahoga. Nos llevan por donde quieren. Ni siquiera ladramos. Somos Europa y no tenemos futuro, entendiendo por futuro esa impagable facultad de decidir por nosotros mismos si nos salvamos, aunque sea poquito, o nos damos la costalada. 

Me sentí muy estafada aquella noche en aquel restaurante. Con carácter retroactivo y desde luego para los restos. Entre burla y burla a nuestros jefes, mi pensamiento planeaba por encima del humo de los cigarrillos. Lo miraba todo desde arriba. Me escapaba como siempre hago cuando hay mucha gente y todo el mundo está achispado y contento. Y, planeando, planeando, tuve una revelación. Desde las alturas vi que las crisis no eran algo puntual e inconexo. Las crisis son una sola. Siempre es la misma fluyendo a intensidades variables. Como el rollo ese del uno y trino, que son tres personas distintas y un solo dios verdadero. Igual. Bueno pues tres o trescientos mil caretos distintos pero en un solo cuerpo verdadero. La crisis es, por entendernos, otra forma de guerra y, como la guerra, está en nuestra esencia irrenunciable. 

Cuando dentro de unos años alguien se ponga a explicarnos, punto por punto como siempre hacen, la génesis, desarrollo y consecuencias de la última plaga, espero que me pille en otra cena. Ya no fumo. Ya no me río con tanta soltura. Tampoco me resulta fácil el escaqueo por elevación y, además, he perdido el don de las epifanías. Sin embargo, creo que podré cogerme de las manos que tenga más a mano para atenuar la catábasis.






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2 comentarios:

María Socorro Luis dijo...

Y ya, ni siquiera protestamos...

Egun on, Mertxe.

Mertxe dijo...

Ni ese resuello nos queda ya...