jueves, 17 de mayo de 2012





Había otra verdad. Por las terrazas del Luxembourg unos niños jugaban; yo me acercaba a ellos, ellos me rozaban sin verme; yo los miraba con ojos de pobre: ¡qué rápidos y qué fuertes eran!  ¡qué guapos! Delante de esos héroes de carne y hueso, yo perdía mi inteligencia prodigiosa, mi saber universal, mi musculatura atlética, mi destreza espadachina; me apoyaba en un árbol, esperaba. A una palabra del jefe de la banda, brutalmente lanzada: «Avanza, Pardaillan, tú harás de prisionero», yo hubiera abandonado mis privilegios. Incluso con un papel mudo me hubiera conformado; hubiera aceptado con entusiasmo hacer de herido sobre una camilla, un muerto. No se me dio la ocasión: me había encontrado con mis verdaderos jueces, mis contemporáneos, mis pares, y su indiferencia me condenaba. No salía de mi asombro viendo cómo me descubrían: ni una maravilla ni una medusa, un alfeñique que no interesaba a nadie. Mi madre escondía mal su indignación: esta alta y hermosa mujer  se las arreglaba muy bien con mi corta estatura, ella la veía natural: los Schweitzer son altos y los Sartre bajos, yo salía a mi padre, eso era todo. A ella le gustaba que yo siguiera siendo, a mis ocho años,  fácilmente transportable y cómodamente manejable: mi reducido formato pasaba, a sus ojos, por una prolongada primera edad. Pero viendo que nadie me invitaba a jugar, el amor la hacía adivinar que yo corría el riesgo de creerme un enano —lo cual no soy del todo— y sufrir por ello. Para salvarme de la desesperación, ella fingía impaciencia: «¿Que es lo que esperas, gran pasmarote? Preguntáles si quieren jugar contigo. Yo sacudía la cabeza: hubiera aceptado las tareas más humildes, pero ponía todo mi orgullo en no solicitarlas. Ella señalaba a unas mujeres que hacían punto en los bancos de hierro: «¿Quieres que hable con sus mamás?» Yo le suplicaba que no hiciera nada, y ella tomaba mi mano y nos marchábamos; íbamos de árbol en árbol y de grupo en grupo, siempre implorantes, siempre excluidos. Al crepúsculo, yo recobraba mi percha, los elevados lugares en donde respiraba el espíritu,  mis sueños: me vengaba de mis desengaños con seis palabras de niño y la masacre de cien militarotes. No importa: aquello no marchaba.






______________________________

Puede decirse que en un cortísimo espacio de tiempo recibimos el maná que alimentará el resto de nuestra existencia. La infancia es el escenario en donde nos sorprenden sensaciones y emociones y nos gobiernan sentimientos de toda índole, incluido el más terrible entre los terribles, la soledad. Si todo va bien, si nuestra primera edad no se ve sacudida por acontecimientos graves, este caudal se nos presentará en forma de juguete que nos hará feliz o nos dolerá, pero que siempre, precisamente por lo fugaz de su paso en nuestro interior, será un motivo de asombro. Empezarán a cortarse los patrones del carácter que, unido a los genes, conformará nuestra personalidad.

He elegido el final de la primera parte (Lire) de la autobiografía de Sartre, porque la evocación de su soledad en aquellos momentos en que intentaba integrarse en los juegos de otros niños resulta muy reveladora. "Había otra verdad" es la primera frase de este extracto, y "aquello no marchaba" la última: con ambas resume de manera terminante lo que fueron sus primeros años en el mundo real.  En sus salidas al parque, guiado por su madre para que logre hacer amigos de su talla, lo único que el joven Sartre saca en limpio es la constatación de la insalvable distancia que lo separa de los otros chavales. Un Sartre que ya se ha hecho muy mayor escribe sobre su infancia y la ironía y el sarcasmo empapan sus recuerdos, ya de por sí muy maltratados por aquella extraordinariamente temprana sensación de estar de más. Me ha llamado la atención ese yo en oposición a una cantidad indefinida de chavales jugando a su alrededor, tocándole, empujándole, siempre sin reparar en él, como si él fuera un árbol más, otra estatua de los jardines, un yo de otro mundo. Es invisible, está aislado, no cuenta más allá de su familia y sus amados libros. Vive en las alturas ("yo recobraba mi percha, los elevados lugares en donde respiraba el espíritu"), un apartamente en un sexto piso, al que se encarama como un ave, cerca del cielo, lejos de aquella sociedad en miniatura que no le reconoce. Se ha fabricado un alter ego, él mismo revestido de todas las cualidades que se esperan de un niño trufado de adulto. Con esta personalidad impostada se vengará de la sociedad: de su familia, a la que ofrece la imagen que de él se espera, y de los niños que le rechazan, superando sus hazañas del parque.



4 comentarios:

Glo dijo...

Me sorprende, desde siempre, la extraordinaria importancia que los franceses dan a la infancia. Como si fuera un verdadero paraíso terrenal del que son expulsados. Como si el resto de la vida fuera un infierno en el que no encuentran alivio.

Nos confiesa el doctor Sachs (en "la maladie de Sachs"):

"... La vida es un infierno. No te das cuenta enseguida. Lo aprendes en tu cuerpo. Y cuando otro cuerpo se mezcla con el nuestro, si no hay o ya no queda amor, el infierno es doble..."

Supongo que es imposible escapar a esos sentimientos. Somos la sociedad en la que nacemos, como pareció dejar claro el niño de Aveyron, que no llegó a ser más que un hombre primitivo toda su vida.

Mertxe dijo...

L'enfer c'est les autres...

María Socorro Luis dijo...

Precioso texto y muy revelador. Sin duda las vivencias de la infancia,de infierno o de paraíso, te marcan toda la vida.

Muxumilla

Mertxe dijo...

Sí, estoy de acuerdo.

Abracitos mediterráneos, Soco.