miércoles, 18 de abril de 2012

Siento cierto apuro, como si estuviera desnudando mi alma, en ponerme a escribir por orden -¡no, válgame Dios!, digamos por sugerencia- de un judío alemán (o austriaco, lo mismo da). ¿Quién soy? Quizás resulte más útil interrogarme sobre mis pasiones, de las que tal vez siga adoleciendo, que sobre los hechos de mi vida. ¿A quién amo? No me pasan por la cabeza rostros amados. Sé que amo la buena cocina: sólo con pronunciar el nombre de La Tour d'Argent experimento una suerte de escalofrío por todo el cuerpo. ¿Es amor?
....¿A quién odio? A los judíos, se me antojaría contestar, pero el hecho de que esté cediendo tan servilmente a las incitaciones de ese doctor austriaco (o alemán) me dice que no tengo nada contra esos malditos judíos.
....De los judíos sé lo que me ha enseñado el abuelo:
....-Son el pueblo ateo por excelencia -me instruía-. Parten del concepto de que el bien debe realizarse aquí, y no más allá de la tumba. Por lo cual, obran sólo para la conquista de este mundo.
....Los años de mi infancia se vieron entristecidos por este fantasma. El abuelo me describía esos ojos que te espían, tan falsos que te sobrecogen, esas sonrisas escurridizas, esos labios de hiena levantados sobre los dientes, esas miradas pesadas, infectas, embrutecidas, esos pliegues entre nariz y labios siempre inquietos, excavados por el odio, esa nariz suya cual monstruoso pico de pájaro austral... Y el ojo, ah, el ojo...gira febril en la pupila color de pan tostado y revela enfermedades del hígado, putrefacto por las secreciones producidas por un odio de dieciocho siglos, se pliega en mil pequeños surcos que se acentúan con la edad, y ya a los veinte años, al judío se lo ve arrugado como a un viejo. Cuando sonríe, los párpados hinchados se le entrecierran de tal manera que apenas dejan pasar una línea imperceptible, señal de astucia, dicen algunos, de lujuria, precisaba el abuelo...



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Es una novela árida que me ha costado leer, porque desorienta, confunde, se adelanta a la trama o  retrocede, y no explica suficientemente su desarrollo. He sentido el caos en mi cabeza. Reconozco que soy excesivamente 'notaria' de los hechos, 'registradora' de los personajes, exigente en lo que toca a una línea del tiempo que informe con cierta uniformidad de cuanto ocurre en una narración. Pero de todas formas he intentado relajarme, echarle paciencia a la extensión inusitada de las frases, no perder el hilo de la trama y de la historia,  seguir buenamente la reconstrucción que el personaje central (el único, sabemos, que es ficticio; o, más bien, como nos explica el autor el efecto de un collage, es decir, que hace y dice lo que otros hicieron en realidad). Lo cierto es que me he aburrido mucho. De mí misma, por perderme tantas veces. Del autor, por tenderme trampas y más trampas. Aun reconociendo el mérito de la novela, su gran dificultad y de qué manera magistral UE ha podido con ella, lo siento, lo siento, me he aburrido por partida doble. Cuando he llegado a la última palabra, he soltado un suspiro de alivio. Por fin. Qué esfuerzo, ¿y ha merecido la pena?, me he preguntado. Pues... sí. Sobre todas las cosas, sí. UE es un genio de las letras y un mago del suspense (lo digo por El nombre de la rosa y El péndulo de Foucault, las novelas que me leí como una posesa), y siempre te embarga con su sabiduría escriba lo que escriba y te cueste lo que te cueste seguirle.

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