lunes, 13 de febrero de 2012

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Aunque la busqué muchas veces, al final tuve que admitir que no existía cura para París. En parte fue por la guerra. El mundo ya había terminado una vez y podía volver a hacerlo en cualquier momento. La guerra había llegado y nos cambió al estallar cuando todos decían que no era posible. Nadie sabía cuántos habían muerto, pero cuando oías las cifras -nueve o catorce millones- pensabas: imposible. París estaba lleno de espectros y heridos que andaban. Muchos volvieron a Ruán o a Oak Park, Illinois, acribillados y cargando con pequeños trozos de lo que habían visto detrás de sus rótulas, llenos de uno vacío del que nunca se podrían desprender. Habían cargado con cuerpos  en camillas, pasado por encima de otros cuerpos  para hacerlo; habían estado ellos mismos en camillas, en trenes muy lentos llenos de moscas y de la voz indecisa de alguno que decía a la chica que tenía allá en casa que quería que le recordasen.
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Ya no se volvía a casa, no en el sentido esencial, y eso también era parte de París. No podíamos dejar de beber ni de hablar ni de besar a las personas inadecuadas sin importar los estragos que eso causara. Algunos habíamos mirado las caras de los muertos y tratábamos de no recordar nada especial. Ernest era uno de ésos. Muchas veces decía que él había muerto en la guerra, sólo durante un momento; que su alma había dejado su cuerpo como un pañuelo de seda, delizándose y levitando por encima de su pecho. Había vuelto sin que la llamasen, y muchas veces me he preguntado si para él escribir era un modo de saber que, a fin de cuentas, su alma estaba allí, otra vez en su sitio. De decirse a sí mismo, si no a cualquier otro, que había visto lo que había visto y sentido aquellas cosas terribles, y aun así seguía vivo. Que había muerto pero ya no estaba muerto.
Una de las mejores cosas de París fue volver después de que nos hubiéramos ido. En 1923 nos marchamos a Toronto a pasar un año y tener a nuestro hijo, Bumby, y cuando regresamos todo era lo mismo pero en cierto modo más. Estaba mugriento y magnífico, lleno de ratas y castaños de indias florecidos y poesía. Con el bebé nuestras necesidades parecieron duplicarse y teníamos menos dinero. Pound nos ayudó a encontrar un apartamento en el segundo piso de un edificio enlucido de blanco de una calle estrecha en curva cercana a los jardines de Luxemburgo. La casa no tenía agua caliente, ni bañera, ni luz eléctrica, pero no era el peor sitio en que habíamos vivido. Ni por asomo. Al otro lado del patio una serrería chirriaba sin parar desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, y siempre había un olor a madera recién cortada, y el serrín se colaba por debajo de los marcos de las ventanas y las puertas y se nos metía en la ropa, haciéndonos toser. Dentro, estaba el constante sonido de la Corona de Ernest en el cuarto pequeño de arriba. Estaba trabajando en sus relatos -siempre había relatos y apuntes que escribir-, pero también en una nueva novela sobre la fiesta de Pamplona que había empezado por el verano...
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(Fragmento del Prólogo)


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6 comentarios:

Glo dijo...

Como en la entrada de Senegal, también aquí parece que la felicidad no corresponde al pasado, sino que se le añade después.

Mertxe dijo...

En general, la vida consiste en sentirse bien con carácter retroactivo. Creo que todo en nuestro organismo está diseñado para protegernos. Desecha lo malo y recuerda lo bueno, lo bueno más o menos adornado (a veces magnificado). También puede recordar lo que nunca sucedió, dolerse de lo que perdió y que nunca fue suyo, etc. etc. Somos el paradigma perfecto de la supervivencia. En esta obra que estoy leyendo una de las esposas de EH habla, creo, en clave de deslumbramiento, pero reservo mi juicio final para el final. Seré implacable. Como Dios cuando se ponga el ropón y empuñe la maza cuando nosotros seamos la novela.

Buenas noches, querido amigo.

ADELFA MARTIN dijo...

como es habitual en ti, nos compartes verdaderas joyas...

Un afectuoso saludo...y gracias

Mertxe dijo...

Gracias por tu visita y tus amables palabras, Adelfa.

Glo dijo...

Acabo de ver este mismo libro entre las "novedades" de la biblioteca municipal, pero me ha venido a la imaginación una imagen tuya (hipotética), caminando sobre nubes, a lo "Christus vincit", y no lo he pedido en préstamo.

Mertxe dijo...

Pues... parece ser que, visto el efecto disuasorio, hemos usado de la telepatía. Lo estoy leyendo a trancas y a barrancas. Para resarcirme (o eso creo...) me he metido en el charco de los charcos. Para ser más clarita: con el 'Ulises' del James Joyce. O sea...