martes, 20 de septiembre de 2011

Un fragmento de "Los muertos"

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    Una gruesa oca marrón reposaba en un extremo de la mesa, y en el otro, sobre un lecho de papel arrugado y ramas de perejil, descansaba un enorme jamón despellejado y cubierto de migas fritas, con un papel limpio escarolado alrededor de la canilla, junto al que se extendía un abanico de carne especiada. Entre esos dos extremos rivales corrían líneas paralelas de entremeses: dos pequeñas catedrales de gelatina, roja y amarilla, un plato llano repleto de bloques de manjar blanco y compota roja, un gran plato verde en forma de hoja con un asa en forma de tallo, que contenía racimos de pasas color púrpura, un plato similar con un montón rectangular de higos de Esmirna, un plato de natillas espolvoreado de nueces rayadas, un pequeño cuenco de bombones y caramelos envueltos en papel de oro y plata, y un vaso de vidrio en el que se sostenían unos cuantos tallos de apio. En el centro de la mesa, como centinelas del frutero que sustentaba una pirámide de naranjas y manzanas americanas, se situaban dos rechonchos escanciadores antiguos de cristal tallado, el uno con oporto y el otro con jerez oscuro. Sobre el piano cerrado aguardaba un enorme plato amarillo lleno de budín, tras el que se desplegaban tres escuadras de botellas de cerveza -stout y ale- y de agua mineral, según el color de sus uniformes, las dos primeras con sus etiquetas rojas y marrones, y la tercera y más pequeña con sus bandas verdes transversales.
    Gabriel tomó resueltamente asiento a la cabecera de la mesa y, tras echar un vistazo al filo del cuchillo, hundió firmemente el trinchante en la oca Se sentía perfectamente a sus anchas, pues era un trinchador experto y nada le gustaba más que verse a la cabecera de una mesa bien dispuesta.
    —Señorita Furlong, ¿qué quiere usted que le sirva? —preguntó—. ¿Un ala o una loncha de pechuga?
     —Sólo una pequeña loncha de pechuga.
    —¿Y para usted, señorita Higgins?
    —Oh, cualquier cosa, señor Conroy.
    Mientras Gabriel intercambiaba con la señorita Daly platos de oca y de jamón y de carne especiada, Lily iba de invitado en invitado con un plato de patatas calientes envueltas en servilletas blancas. Era una idea de Mary Jane, que también había sugerido una salsa de manzana como acompañamiento de la oca, a lo que la tía Kate había dicho que una oca simplemente asada sin salsa de manzana resultaba suficiente para ella, y que esperaba no verse nunca comiendo algo peor. Mary Jane sirvió a sus alumnos, cerciorándose de que recibían las mejores tajadas, y la tía Kate y la tía Julia abrieron y trajeron del piano botellas de cerveza para los caballeros y de agua mineral para las damas. Hubo un barullo de risas y sonidos, los sonidos de órdenes y contraórdenes, de cuchillos y tenedores, de tapones de corcho y tapones de vidrio. Gabriel comenzó a cortar segundas raciones tan pronto como acabó con las primeras, sin servirse a sí mismo. La protesta general fue tan estentorea que no tuvo otro remedio que detenerse un momento para beber un largo trago de cerveza, pues el trabajo de trinchar le tenía sofocado. Mary Jane se sentó tranquilamente a cenar, pero la tía Kate y la tía Julia siguieron moviéndose torpemente alrededor de la mesa, pisándose una a otra, tropezando una con otra y dándose una a otra órdenes incumplidas. El señor Browne les rogó que se sentaran y tomaran la cena, y también lo hizo Gabriel, pero ellas dijeron que tenían tiempo suficiente para ello, hasta que al fin Freddy Malins se levantó y capturando a la tía Kate, la depositó en su silla entre la risa general.
Cuando todo el mundo estuvo perfectamente servido, Gabriel sonrió y dijo:
    —Y ahora, si alguien quiere un poco más de lo que la gente vulgar llama alimento, que lo diga.
    Un coro de voces se alzó para instarle a que diera cuenta de su propia cena, y Lily se adelantó para llevarle tres patatas que había reservado para él.
    —Damas y caballeros —dijo Gabriel amablemente, según tomaba otro trago preparatorio—, les ruego que tengan a bien olvidarse de mi existencia durante unos minutos.
    Se sentó a cenar y no intervino en la charla que se adueñó de la mesa en cuanto Lily se llevó los platos. El tema de conversación era la compañía de ópera que a la sazón actuaba en el Theatre Royal. El señor Bartell D’Arcy, el tenor, un joven de piel oscura con un pequeño mostacho, habló muy bien de la primera contralto de la compañía, aunque la señorita Furlong opinaba que su presencia en escena era más bien vulgar. Freddy Malins dijo que había un caudillo negro que cantaba en la segunda parte de la pantomima del Gaiety con una de las mejores voces de tenores que él había oído.
    —¿Le ha oído usted? —preguntó a través de la mesa al señor Bartell D’Arcy.
    —No —dijo el señor Bartell D’Arcy cautelosamente.
    —Es que me gustaría conocer su opinión —explicó Freddy Malins—. Creo que tiene una gran voz.
    —Teddy siempre da con las cosas realmente buenas —dijo el señor Browne a toda la mesa.
    —¿Y por qué no ha de tener una voz? —preguntó mordazmente Freddy Malins—. ¿Acaso porque es negro?
    Nadie respondió a aquello y Mary Jane hizo que la conversación regresara a la ópera de verdad.




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Fuente: Joyce, James. Dublineses. Edición de Fernando Galván. Traducción de Eduardo Chamorro. Madrid: Ediciones Cátedra, 1993.






3 comentarios:

Glo dijo...

¡Qué felicidad! Me recuerda esa ópera de Mahler en la que se habla de comida.

Mertxe dijo...

Acabo de terminar a duras penas una novela de un autor de ahora mismo. (¡Ufff...) Por eso me he siento como tú dices, feliz, cuando retomo esta prosa brillante y sencilla a la vez, suelta, ágil, sin dramatismos de atrezzo... ¿Me entiendes, verdad, querido amigo?

Glo dijo...

Creo entenderlo. Gracias, Mertxe.