miércoles, 7 de septiembre de 2011

Entre Escila y Caribdis


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De la crisis griega a la cuestión nacional europea

Mathieu Bock-Côté
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El eventual desmoronamiento de Grecia no se producirá sin provocar una crisis que comprometa a las otras economías europeas debilitadas por un sobreendeudamiento, del que vemos hoy su carácter desastroso. Se teme por el porvenir de Portugal, de Irlanda, quizás incluso de Francia, de Italia y de España. De hecho, también se teme un efecto dominó de catastróficas consecuencias, con la quiebra de algunos Estados en el horizonte. Por otra parte, todos saben bien que el control  de la crisis, por el momento, es muy parcial.
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De hecho, la cuestión del sobreendeudamiento plantea un problema político más fundamental:  el de la legitimidad cada vez más dificultosa de las instituciones europeas, que jamás han conseguido penetrar su extensión tecnocrática de un auténtico consentimiento popular. Dicho groseramente,  Grecia ha falseado sus cuentas públicas durante varios años para mantener a crédito un modelo social para el que no tenía los medios de pagárselo. Se ha burlado de sus compañeros de la Unión, pensando que pasaría bajo el radar del rigor financiero. Una vez quebrada, ¿por qué las otras naciones europeas deben hacerse cargo de las consecuencias de su irresponsabilidad?
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Algunos ven en la crisis griega la ocasión de acelear la puesta en marcha de un federalismo económico europeo, preludio de la federalización política de la UE. Según la fórmula convenida, jamás hay que despilfarrar una buena crisis. La crisis griega sería una oportunidad para Europa en la medida en que ampliaría las fronteras de la acción pública y crearía las condiciones de una relativización de las soberanías nacionales, que trabarían la eficacia económica y política de las instituciones. Dicho de otra manera, la crisis griega permitiría dar el golpe de gracia a las soberanías nacionales.
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Falsa evidencia. Pues algunos, que no se encasillan exclusivamente en la esfera populista, recuerdan inversamente que la crisis griega revela más bien un fallo fundamental en la construcción europea. ¿Empujar cada vez más lejos a la Unión europea para resolver los problemas causado por la integración europea? ¿No está ahí el defecto de todos los progresismos, o más generalmente, de una mentalidad ideológica que no ve en la resistencia de lo real más que una llamada a la radicalización de sus preceptos, tanto en su formulación como en su aplicación?
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Es la cuestión de la legitimidad política lo que se plantea. O, por decirlo más exactamente, de la autoridad legítima, de la delimitación de las fronteras de la acción pública. Sencillamente, la Europa oficial tiene más el aspecto de un artefacto tecnocrático que las élites mundializadas intentan salvar cueste lo que cueste que el de una auténtica comunidad de destinos...


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2 comentarios:

Nómada planetario dijo...

Creo que la mayoría de los dirigentes de los estados miembros de la UE no están dispuestos a ceder cuotas de poder. Europa interesa para trincar subvenciones, fondos FEDER y cosas así. En cuanto al endeudamiento todos han aplicado el silogismo de que el que venga detrás que arree, mientras venga sacar deuda pública como quien imprime estampitas de fútbol.
Un abrazo.

Mertxe dijo...

Hace mucho tiempo que me di cuenta de una fría verdad: Occidente ha funcionado gracias al sistema piramidal. Nada en su base, menos en el subsuelo, todo es un castillo en el aire. Y así se explican las crisis. Todas. Las financieras, las sociales, las morales. Todas.